b)
En el Nuevo Testamento
9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey, se halla
magnífica y luminosamente confirmada en el Nuevo Testamento.
En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual
fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de
dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de
Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin (10), es el mismo Cristo el
que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al
pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a
los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que
públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su
resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y
bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se
atribuyó el título de Rey (11) y públicamente confirmó que es Rey (12),
y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en
la tierra (13). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa
sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo
tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes
de la tierra (14), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica,
lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los
que dominan (15). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero
universal de todas las cosas (16), menester es que reine Cristo hasta
que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos
sus enemigos (17).
c)
En la Liturgia
10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió
necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra,
destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones,
celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración,
durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a
Soberano Señor y Rey de los reyes.
Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó
de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra
expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los
diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo
Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey.
d)
Fundada en la unión hipostática
11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y
de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo
de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no
arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma
esencia y naturaleza (18). Es decir, que la soberanía o principado de
Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se
sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles
y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos
a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que
por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre
todas las criaturas.
e)
Y en la redención
12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el
pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de
naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de
la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen
cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con
oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de
Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha (19). No somos, pues,
ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande (20);
hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo (21).
1. Ef 3,19.
2. Dan 7,13-14.
3. Sal 2..
4. Sal 71.
5. Is 9,6-7.
6. Jer 23, 5.
7. Dan 2,44.
8. Dan 7 13-14.
9. Zac 9,9.
10. Lc 1,32-33.
11. Mt 25,31-40.
12. Jn 18,37.
13. Mt 28,18.
14. Ap 1,5.
15. Ibíd., 19,16.
16. Heb 1,1.
17. 1 Cor 15,25.
18. In Luc. 10.
19. 1 Pt 1,18-19.
20. 1 Cor 6,20.
21. Ibíd., 6,15.