Dominica Decima Post Pentecosten.
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DOMINICA X DESPUES DE PENTECOSTES
EN QUÉ CONSISTE EL VALOR DE LA ORACIÓN
No sólo el orgullo que llena de amor desordenado a las grandezas y riquezas de este mundo, dificulta la unión del alma con Dios, sino también aquél que consiste en una vana complacencia en el propio valer y en el desprecio de los demás. Sobre ésta última verdad quiso Nuestro Señor llamar la atención del auditorio revelándole los pensamientos de un fariseo y de un publicano, que se encontraban juntos en el templo.
El Evangelio de la misa de este domingo pone ante nuestros ojos la página de la escritura que contiene este relato. Este Evangelio aparece unido con el de la dominica anterior por el hecho de que Jesús nos indica otro de los impedimentos de nuestra salvación, a saber, nuestra propia estima. Síguese de ello que nuestro propio abatimiento es útil para salvarse.
“En aquel tiempo” o sea a fines del tercer año de su vida pública, durante su postrer viaje a Jerusalén. De vez en cuando, el Señor se detenía en el camino a predicar. Un día, en que había predicado sobre la oración, echó de ver, sin duda, que entre sus oyentes, había algunos que estaban demasiado persuadidos de su valor personal. He aquí probablemente la razón por la cual Jesús dirigió ésta parábola: “a ciertos hombres, que presumían de justos y despreciaban a los demás”. Todo induce a creer que quiso dirigirse a cierta clase de orgullosos, que pueden encontrarse aún entre las personas que hacen alarde de piedad; éstas creen poseer todas las virtudes y toman pie de ello, para engreírse y despreciar a los otros, sobre todo si en ellos echan de menos ciertas cualidades exteriores que ven resplandecer en sí mismas. Para describirlas al vivo, el divino Maestro se sirve de la persona de un fariseo, y, para que sobresalgan más extravíos, opone a este fariseo la persona de un publicano. Dice, pues: “Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo , y el oto publicano”. El fariseo era un hombre que concedía la mayor importancia a las prácticas exteriores de la Ley, que se consideraba justo porque las observaba minuciosamente, y, sobre todo, tenía un gran horror a los publicanos. Estos eran, por lo regular, personas de condición inferior, empleadas en la recaudación de los tributos.
El Señor quiere darnos a conocer los pensamientos y los sentimientos íntimos de estos dos hombres para decirnos enseguida cual era su valer respectivo a los ojos de Dios; porque lo que nos distingue ante él no son, en alguna manera, las cualidades exteriores, con las cuales aparecemos delante de los hombres, sino nuestras disposiciones interiores. Prosigue Jesús: “El fariseo, puesto en pie oraba en su interior de ésta manera: ¡Oh Dios!, yo te doy las gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como éste publicano: ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de todo lo que poseo”. ¿Quién no ve que, en su pretendida oración, este fariseo insulta a Dios? En efecto en alguna manera, se sienta sobre su trono, y se constituye a sí mismo juez soberano de los hombres. Los declara culpables de los mayores crímenes. En cuanto a sí, es el único que está exento de esta malicia general. He aquí porqué puede elevarse por encima de todos y, de un modo especial por encima de éste publicano malo, a quien ha visto en el fondo del templo. Para ensalzarse más, enumera sus buenas obras.
Muy diferente el proceder del publicano. Jesús lo describe así: “El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni aún los ojos osaba levantar al cielo, sino que se daba golpes de pecho, diciendo: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador”. El fariseo, persuadido de su dignidad personal, se había adelantado atrevidamente en el templo, para atraer sobre sí las miradas de todos los que se encontraban allí y ser el objeto de su admiración. El publicano apenas había atravesado el umbral de la casa de dios, y ya se había detenido, sin atreverse a avanzar; hasta tal punto estaba penetrado de la grandeza de aquel que estaba allí presente y de su propia nada. El fariseo se había constituido en juez de los demás, y, después de haberlos condenado, se había alabado a sí mismo por sus buenas obras. El publicano, con los ojos bajos, recogido dentro de sí mismo, al ver todo cuanto había de desordenado y manchado en su corazón, se sentía poseído de un saludable espanto. Golpeaba su pecho y manifestaba así sus sentimientos interiores. Se confesaba culpable delante de Dios y de los hombres, y les rogaba humildemente que le fuesen propicios.
Jesús termina este relato dando a conocer el resultado de la conducta de estos hombres. “Os aseguro, pues, que éste publicano, volvió a su casa justificado, más no el otro”. El fariseo continuó bajo el peso de sus pecados, mientras que el publicano se vio libre de todas sus iniquidades; el fariseo se hizo digno de ser abatido por Dios; el publicano de ser ensalzado por él; porque “todo el que se ensalza, será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Tal es la regla de conducta de Dios con respecto a los hombres. Decía San Agustín a su pueblo: “Hermanos míos, considerad este gran milagro: Dios está por encima de vosotros: os eleváis, y se aleja de vosotros; os abajáis, y desciende hasta vosotros”.
Quiera Dios que el Evangelio de la misa de hoy nos persuada de la necesidad que tenemos de reconocer nuestra bajeza, si queremos que Dios se abaje hasta nosotros, para elevarnos hacia sí. Debemos evitar toda vana complacencia en nosotros mismos, y nunca hemos de colocarnos sobre un pedestal formado de nuestras pretendidas virtudes, para juzgar desde él a los demás y cubrirlos de desprecios.
Tengamos muy presente que, desde que el hombre fue debilitado por el pecado original, se inclina sin cesar hacia lo malo, y las manchas del pecado se adhieren a su corazón. Confesemos, pues, humildemente nuestras faltas; no nos engriamos; humillémonos, reconozcamos lo que, en nosotros, es obra de Dios y lo que es obra nuestra. Entonces Dios levantará sobre su obra un edificio espiritual que le glorificará y será un día colocado en el reino de los cielos.