Dominica Decima Quinta Post Pentecosten.

Semiduplex

 

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Introitus  

 

Inclína, Dómine, aurem tuam ad me, et exáudi me; salvum fac servum tuum, Deus meus, sperántem in te: miserére mihi, Dómine, quóniam ad te clamávi tota die. Ps. Ibid,. 4 Laetífica ánimam serví tui: quia ad te, Dómine, ánimam meam levávi. V. Glória Patri.

Introito

Oye, Señor, mis ruegos, y escúchame. Salva, Dios mío, a tu siervo que en Ti confía. Señor, apiádate de mí, pues clamo a Ti todo el día. *Alegra al alma de tu siervo; pues a Ti, Señor, elevo mi alma. Gloria al Padre...

Colecta

 

Ecclésiam tuam, Dómine, miserátio continuáta mundet et múniat: et quia sine te non potest salva consístere; tuo semper múnere gubernétur. Per Dóminum.

Colecta

 

Tu continua misericordia, Señor, purifique y defienda a tu Iglesia, y, pues sin Ti no puede subsistir incólume, sea siempre gobernada por tu gracia. Por Nuestro Señor Jesucristo.

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Colecta

 

Acunctis nos, quaésumus, Dómine, mentis et córporis defénde perículis: et, intercedénte beáta et gloriósa semper Vírgine Dei Genitríce María, cum beato Joseph, beátis Apóstolis tuis Petro et Paulo et ómnibus Sanctis, salútem nobis tríbue benígnus et pacem; ut, destrúctis adversitátibus et erróribus univérsis, Ecclésia tua secúra tibi sérviat libertáte. (Per eúmdem Dóminum.)

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Colecta

 

Rogámoste, Señor, nos libres de todo peligro de alma y cuerpo; y por intercesión de la gloriosa siempre Virgen Santa María, Madre de Dios; de San José, de tus santos apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, concédenos, benigno, la salud y la paz; para que, destruidos toda adversidad y error, tu Iglesia te sirva con segura libertad. Por el mismo...

Léctio Epistolae Beáti Pauli Apóstoli ad Galátas

Galat. 5, 25-26; 6, 1-10

 

Fratres: Si spíritu vívimus, spíritu et ambulémus. Non efficiámur inánis glóriae cúpidi, ínvicem provocántes, ínvicem invidéntes. Fratres, et si praeoccupátus fuérit homo in áliquo delícto, vos, qui spirituáles estis, hujúsmodi instrúite in spíritu lenitátis, consíderans teipsum, ne et tu tentéris. Alter altérius ónera pórtate, et sic adimplébitis legem Christi. Nam si quis exístimat se áliquid esse, cum nihil sit, ipse se sedúcit. Opus autem suum probet unusquísque, et sic in semetípso tantum glóriam habébit, et non in áltero. Unusquísque enim onus suum portábit. Commúnicet autem is, qui catechízat, in omnibus bonis. Nólite erráre: Deus non irridétur. Quae enim semináverit homo, haec et metet. Quóniam qui séminat in carne sua, de carne et metet corruptiónem: qui autem séminat in spíritu, de spíritu metet vitam aetérnam. Bonum autem faciéntes, non deficiámus: témpore enim suo metémus, non deficiéntes. Ergo dum tempus habémus, operémur bonumad omnes, máxime autem ad domésticos fídei.

Léctio Epistolae Beáti Pauli Apóstoli ad Galátas

Galat. 5, 25-26; 6, 1-10

 

Hermanos: Si vivimos en Espíritu, en Espíritu también caminemos. No codiciemos vanagloria, hostigándonos y enviándonos mutuamente. Hermanos, si alguno incurriere en algún delito, vosotros, los espirituales, ala tal enderezadle con espíritu de blandura; considerando cada uno que también puede ser tentado. Sobrellevaos unos a otros, y así cumpliréis la Ley de Cristo. Porque si alguno cree ser algo,, siendo nada, engáñase a sí mismo. Examine cada cuál sus obras, y así si son rectas se gloriará en si mismo y no en otro; porque cada cual cargará con lo propio. Y el que es instruido en las cosas de al fe, asista con sus bienes al que le instruye. No os engañéis: Dios no será burlado. Pues lo que sembrare uno, eso recogerá. Y así, quien siembra ahora en su carne, en la carne recogerá después corrupción; mas quien siembra en espíritu, recogerá vida eterna. No os cansemos, pues, de hacer bien; que a su tiempo recogeremos el fruto si no desfallecemos. Así que, mientras tenemos tiempo hagamos bien a todos, mayormente a los hermanos de la fe. 

Graduale         Ps. 91, 2-3

 

Bonum est confitére Dómino: et psállere nómini tuo,  Altíssime. V. Ad annuntiándum mane misericórdiam tuam, et veritátem tuam per noctem.

Allelúja, allelúja. V. Ps. 94, 3 Quóniam Deus magnus Dóminus, et Rex magnus super omnem terram. Allelúja. 

Graduale         Ps. 91, 2-3

 

Bueno es albar al Señor, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo. Celebrando desde el alba tu  misericordia, y por la noche tu verdad.

Aleluya, aleluya. Porque el Señor es Dios grande, y Rey excelso de toda la tierra. Aleluya.

Sequentia sancti Evangélii secúndum Lucam  

7, 11-16

 

In illo témpore: Ibat Jeusu in civitátem, quae vocátur Naím: et ibant cum eo discípulis ejus, et turba copiosa. Cum autem appropínquáret portae civitátis, ecce defúnctus efferebátur fílius únicus matris suae: et haec vídua erat: et turba civitátis multa cum  illa. Quam cum vidísset Dóminus, misericordia motus super eam, díxit illi: Noli fiere. Et accésit, et tétigit lóculum. Et ait: Adoléscens, tibi dico, surge. Et resédit qui erat mortuus, et coepit loqui. Et dedit illum matri suae. Accépit autem omnes tímor: et magnificábant Deum, dicéntes. Quia prophéta magnus surréxit in nobis: et quia Deus visitábit plebem suam. Credo.

Sequentia sancti Evangélii secúndum Lucam  

7, 11-16

 

En aquél tiempo: Jesús iba a Naím, y con Él iban sus discípulos y mucho gentío. Y cuando se acerco a la puerta de la cuidad, sacaban a enterrar a un joven hijo único de su madre, que era viuda, e iba con ella gran acompañamiento de la ciudad. Así que la vió el Señor, compadeció de ella, le dijo: No llores, y acercóse y tocó el féretro. (Y los que lo llevaban se pararon.) Y dijo: Joven a ti te lo digo, levántate. Y se incorporó el difunto, y comenzó a hablar; y lo entregó a su madre. Quedaron todos atemorizados y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta apareció entre nosotros y Dios visitó a su pueblo. Credo.

Offertorium                  Ps. 39, 2, 3 y 4   

Exspéctans exspectávi Dóminum, et respéxit me: et exaudívit deprecatiónem meam: et immísit in os meum cánticum novum, hymnum Deo nostro.

Offertorium                  Ps. 39, 2, 3 y 4   

Con ansia aguardé al Señor; y me miró y oyó mi ruego; puso en mi boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Secreta

 

Tua nos, Dómine, sacramenta custódiant: et contra diabólicos semper tueántur incúrsus. Per Dóminum.

Secreta

 

Tus sacramentos, Señor nos guarden y defiendan siempre de los asaltos diabólicos. Por Nuestro Señor Jesucristo.

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Secreta

Exáudi nos, Deus salutáris noster: ut, per hujus sacraménti virtútem, a cunctis nos mentis et córporis hóstibus tueáris; grátiam tríbuens in praesénti, et glóriam in futuro. (Per Dóminum)

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Secreta

Óyenos, Dios, salvador nuestro: para que, por virtud de este Sacramento, nos defiendas de todos los enemigos de alma y cuerpo, dándonos ahora la gracia, y después la gloria. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Prefatio de Ssma. Trinitate

Vere dignum et justum est, aequum et salutáre, nos tibi semper, et ubíque grátias ágere: Dómine sancte, Pater omnípotens, aetérne Deus: Qui cum unigénito Fílio tuo, et Spíritu Sancto, unus es Deus, unus es Dóminus:non in uníus singularitáte persónae , sed in uníus Trinitáte substántiae. Quod enim de tua lória, revelánte te, crédimus, hoc de Fílio tuo, hoc de Spíritu Sancto, sine differéntia discretiónis sentimus. Ut in confessióne verae sempiternáeque Deitátis, et in persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in majestáte adorétur aequálitas. Quam  laudant Angeli atque Achángeli, Chérubim quoque ac Seraphim: qui non cessant clamáre quotídie, una voce  dicéntes: Sanctus...

Prefatio de Ssma. Trinitate

Digno y justo es, en verdad, debido y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias Señor Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno, que con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios y un solo Señor, no en la unidad de una sola persona si no en la Trinidad de una sola sustancia. Porque cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos indistintamente de tu Hijo y del Espíritu Santo; de suerte que, confesando una verdadera y eterna divinidad, adoramos las propiedades de las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad. A la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y Serafines, que no cesan de cantar a una voz diciendo: Santo...

Communio    Joann. 6, 52

Panis, quem ego dédero, caro mea est pro saéculi vita.

Communio    Joann. 6, 52

 

El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.

Postcommunio

 

Mentes nostras et córpora possídeat, quaesumus, Dómine, doni caeléstes operátio: ut non noster sensus in nobis, sed júgiter ejus praevéniat efféctus. Per Dóminum.

Postcommunio

 

La eficacia del don celestial, Señor, penetre nuestra alma y cuerpo, para que no prevalezca en nosotros nuestro sentido, sino su constante efecto. Por Nuestro Señor Jesucristo.

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Postcommunio

 

Mundet et múniat nos, quáesumus, Dómine, divíni sacraménti munus oblátum: et intercedénte beáta Vírgine Dei Genitríce María, cum beáto Joseph, beátis Apóstolis tuis Petro et Paulo, et ómnibus Sanctis; a cunctis nos reddat et perversitátibus expeditos. Per eúmdem Dóminum.

2a ad poscenda suffragia Sanctorum

Postcommunio

Pedímoste, Señor, que la ofrenda del divino Sacramento nos purifique y defienda: y por intercesión de la Virgen Santa María Madre de Dios, de San José, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos, nos deje limpios de toda maldad y libres de toda adversidad. Por el mismo Señor...

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DOMINICA XV DESPUES DE PENTECOSTES

EL SUPREMO CONSOLADOR

En el evangelio de la misa del domingo anterior, exhortaba Jesús a sus discípulos a que dejasen  toda solicitud exagerada por los bienes temporales y que pusiesen toda su confianza en la divina Providencia, que conoce las necesidades de los hombres, y que sabe darles todo lo que necesitan. El evangelio de la misa de hoy nos refiere el milagro que Jesús obró para socorrer a una pobre viuda, que se encontraba en extrema necesidad. Existe, pues, una unión muy estrecha entre estos dos evangelios, pues en uno vemos confirmada la doctrina que se expone en el otro.

 

“En aquel tiempo”, es decir durante el segundo año de la vida pública de Jesús, hacia los comienzos del verano, “iba Jesús camino de la ciudad llamada Naím, y con él iban sus discípulos, y mucho gentío”. Naím se encontraba al sudeste de Nazareth. Como lo indica su mismo nombre “encantadora”, podemos concluir que impresionaba agradablemente las miradas de quienes la contemplaban, tanto por la armoniosa disposición de sus viviendas, como por el cuadro magnífico de su vegetación que la rodeaba, sobre todo en aquella época del año.

“Y cuando estaba cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda, e iba con ella gran acompañamiento de personas de la ciudad”.

Era costumbre entre los judíos no cubrir el féretro durante los entierros, por lo que todos los que pasaban podían ver al difunto. El cuerpo de este joven, a quien la vida acababa de dejar, todavía era parecido a un bloque de mármol, admirablemente cincelado, pero condenado a perecer, a ser reducido a podredumbre y a polvo. Lo que en este caso hacía más penosa la muerte era la desolación que derramaba sobre el ama de una pobre mujer, que seguía al cadáver. Era el de su hijo único, y ella era viuda; por consiguiente, se había acabado para ella el sostén y el gozo en esta vida. Toda la ciudad se compadecía de su desventura, y quería, en alguna manera, aliviarla con el testimonio de simpatía que le daba.

 

“Así que la vió el Señor, movido a compasión, le dijo: No llores”. Notemos aquí que el Hombre- Dios tenía un corazón sensible, y que no solo sentía el dolor de aquellos a quienes veía sufrir, sino también deseaba aliviarlo y emplear para ello su omnipotencia divina, si había de contribuir a la gloria de su Padre. Quiso, en aquellas circunstancias, dar a los siglos venideros un brillante testimonio de estas verdades, y exhortar a los afligidos de todos los tiempos a dirigir a Él sus miradas, a Él que es el consolador supremo. Jesús, pues, avanzó “arrimóse y tocó el féretro, y todos los que le llevaban se pararon. Díjole entonces: Mancebo, yo te lo mando, levántate”. ¡Qué impresión no produjeron éstas palabras! En unos provocaron la sorpresa; en otros la ansiedad. En efecto, Jesús acababa de pronunciar unas palabras de cuyo cumplimiento dependía toda la reputación de santidad que hasta entonces había gozado. Pero el acontecimiento que las siguió disipó en seguida todo temor; porque “en seguida, se incorporó el difunto, y comenzó a hablar, y Jesús lo entregó a su madre”. ¿Quién podrá describir el gozo que sintió esta madre, cuando vió que su hijo volvía de repente a la vida, cuando oyó de nuevo su voz, cuando lo estrechó contra su corazón? ¿Quién podré expresar sus sentimientos de gratitud para con el Divino Maestro? Es indudable que ella y su hijo fueron para siempre adictos a su persona, y que Jesús pudo contarlos entre sus discípulos más abnegados.

Mas ¿Qué les ocurrió a los testigos de este prodigio? “Quedaron todos penetrados de temor, y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”.

¿Cuál era la causa de éste temor? El sentimiento de la presencia divina. Cuando el hombre se encuentra delante de alguno que le es superior, se siente naturalmente sobrecogido de temor y de respeto, sobre todo cuando su conciencia le reprocha el no haber guardado siempre los debidos miramientos. ¡Ah! ¡Se olvida el hombre con tanta frecuencia de su Creador, del soberano dueño del universo, y descuida con tanta frecuencia el cumplimiento de  sus deberes para con él! ¿Quién, pues, se maravillará de que tema esta presencia divina, Que viene a llamarle al orden, quizás castigarle? Pero, en aquellas circunstancias, el sentimiento del temor fue pronto disipado por un gran gozo; porque, con el prodigio, que acababa de obrar, Jesús les demostraba que había llegado el día tan deseado, en el cual el gran profeta, es decir el Mesías, estaría entre ellos, y el cual, por su enviado, Dios visitaría a su pueblo.

 

En el evangelio de la misa de este día, Jesús nos revela los tesoros de su bondad, que están encerrados en su corazón. Acudamos, pues, a él, cuando nos afligen las penas, y, sobre todo, cuando la muerte nos arrebata una persona querida. ¡Ah! Mientras acompañamos a su última morada a uno de nuestros queridos difuntos, arrancado quizás, como el joven del Evangelio, al cariño de una madre, cuando todavía se hallaba en el umbral de la vida, ¿por qué Jesús no toca con su mano divina el féretro y no resucita a aquel a quien él mismo ha escogido? ¡Ah! Porque su pasión, su muerte y su resurrección han merecido para esta alma una vida mejor, una felicidad y una gloria que quizás ya posee. Sin embargo, a vosotros todos, cristianos, que tenéis fe y confianza en Cristo, y que lloráis a quien a muerto en gracia de Dios, os dice también Jesús: No lloréis, pues vuestro difunto os será devuelto un día, libre de todas las miserias de este mundo, en el reino de los cielos, y con él reinaréis vosotros eternamente.

 

                                                                                                               

      DOM ESTEBAN TILLIEUX, O.S.B.

( De Bulletin Paroissial et Liturgique)

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