Dominica Octava Post Pentecosten.
Semiduplex
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Suscépimus, Deus, misericórdiam team in médio temple tui: secúndum nomen tuum. Deus, ita et laus tua in fines terræ: justítia plena est déxtera tua. Ps. Ibid., 2 Magnus Dóminus, et leudabílis nimis: in civitáte Dei nostri, in monte sancto ejes. Glória Patri. |
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Oratio. Largíre nobis, quæsumus, Dómine, semper spíritum cogitándi quæ recta sunt, propítius es agéndi: ut, qui sine te esse non póssumus, secúndum te vívere valeámus. Per Dóminum. |
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Léctio Epístola beáti Paila Apóstoli ad Romános. Fratres: Debitóre sumus non carni, ut secúndum carnem vivémus. Si enim secúndum carnem vixéritis, moriémini: si autem spíritu facta carnis mortificavéritis, vivéntis. Quicúmque enim spíritu Dei agúntur, ii sunt fílii Dei. Non enim accepístis spíritum servitútis íterum in timóre, sed accepístis spíritum adoptiónis filiórum, in qua clamámus: Abba (Pater). Ipse enim Spíritus testimínium reddit spirítui nostro, quod sumus fílli Dei. Si autem fílli, et herédes: herédes quidem Dei, coherédesautem Christi |
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Graduale (Ps. 30,3) Esto mihi in Deum protectórem, et in locum refúgii, ut salvum me fácias. Ps. 70,1, Deus, in te sperávi: Dómine, non confúndar in ætérnum. |
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Allelúja, allelúja. Ps. 47,2, Magnus Dóminus, et laudábilis valde, in civitáte Dei nostri, in monte sancto ejes. Allelúja. |
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Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucas. (Luc. 16,1-9) In illo témpore: Dixit Jesús discípulis suis parábolam hanc: Homo quidam erat dives, qui habébat víllicum: et hic diffamátus est apud illum, quasi diffamátus est apud illum, quasi dissipásset bona ipsíus. Et vocábit illum, et ait illi: Quid hoc áudio de te? Redde ratiónem villicatiónis tuæ: jam enim non póteris villicáre. Ait autem víllicus intra se: Quid fáciam, quia dóminus meus aufert a me villicatiónem? Fódere non váleo, mendicáre erubésco. Scio quid fáciam ut, cum amótus fúero a villicatióne, recípiant me in domos suas. Convocátis ítaque síngulis debitóribus dómini sui, dicébat primo: Quantum debes dómino meo? A tille dixit: Centum cados ólei. Dixítque illi: Accipe cautíonem tuam: et sede cito, scribe quinquagínta. Deínde álii dixit: Tu vero quantum debes? Qui ait: centum coros trítici. Ait illi: Accipe lítteras tuas, et scribe octogínta. Et laudávit dóminus víllicum iniquitátis, quia fílii hujus sæculi prudentióres fíllis lucis in generatióne sua sunt. Et ego vobis dico fácite vobis amícos de mammána iniquítátis: ut, cum defecéretis, recípiant vos in ætérna tabernácula. |
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Offertorium (Ps. 17, 28 et 32) Pópulum húmilem salvum fácies, Dómine, et óculos superbórum humiliábis: quóniam quis Deus præter te, Dómine?. |
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Secreta. Súscipe, quæsumus, Dómine, múnera, quæ tibi de tua legitáte deférimus: ut hæc sacrosáncta mystéria grátiæ tuæ opérante virtúte. Et præsentis vitæ nos conversátione sanctíficent , et ad gádia sempitérna perdúcant. Per Dóminum. |
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Communio (Ps. 33,9) Gustáte et vidéte |
DOMINICA OCTAVA DESPUÉS DE PENTECOSTES
LOS AMIGOS QUE HAN DE SALVARNOS
Los cristianos han de emplear los bienes que Dios ha puesto ha su disposición para prepararse una morada en el reino de los cielos. Consideren con qué habilidad se sirven de ellos los mundanos, para asegurar su bienestar en este mundo, y verán que aquellos que nada esperan para más allá de esta vida son más celosos en procurar por sus intereses temporales, que ellos en velar por sus intereses eternos. Esto es lo que el Señor quiso poner de una manera impresionante a la consideración de sus discípulos en la parábola del “mayordomo infiel”, que se lee en el evangelio de la misa de hoy. Por el hecho que en él se indica el uso que todo cristiano ha de hacer de los bienes que posee puede este evangelio relacionarse también con el de las dominicas precedentes.
“En aquel tiempo”, es decir durante el tercer año de su vida pública, después de haber terminado su misión en Perea, el Señor se dirigió a la ciudad de Jerusalén, donde había de morir víctima del odio delos judíos. Después de haber hablado a los publicanos y a los pecadores, que se habían acercado a él, “dijo Jesús a sus discípulos. Erase un hombre rico, que tenía un mayordomo, del cual, por la voz común, vino a entender que le había disipado los bienes”. Con esta parábola el Señor pretendió llamar la atención de sus discípulos sobre el proceder de los que se muestran hábiles en el cuidados de sus intereses. Como que la verdad de la acusación descansaba sobre pruebas ciertas, el propietario resolvió no confiar más sus asuntos a su gerente: “Llamóle, pues, y díjole: ¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no quiero que en adelante, cuides de mi hacienda”. Hasta entonces había tenido plena confianza en su mayordomo, sin pedirle jamás cuenta específica de sus ventas; después quiso prescindir de sus servicios, y, antes de su partida le exigió noticia exacta sobre el estado de su fortuna.
¡Qué golpe para este dilapidador! Había vivido holgadamente con los bienes de su dueño, pero no había hecho ningún ahorro para los días malos que no había previsto. “Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré, pues mi amo me quita la administración de sus bienes? Yo no valgo para cavar, y me avergüenzo de mendigar”. Estas palabras dejan entrever su pereza y orgullo. He aquí como va a dar pruebas de su astucia. Dice: “Ya sé lo que he de hacer, para que cuando sea removido de la mayordomía, halle personas que me reciban en su casa”. Encontró, en efecto, el medio para prodigar favores, para poder contar con un número de personas agradecidas a quienes la gratitud obligaría a recibirle como un bienhechor y como un amigo ene l momento en que lo pidiese. “Llamando, pues, a los deudores de su amo, a cada uno de por sí, dijo al primero:¿Cuánto debes a mi amo? Respondió: Cien barriles de aceite”. Imaginemos al deudor de pie, delante del mayordomo, llevando en la mano un testimonio por el cual reconocía deber una suma por la entrega de cien barriles de aceite. Después de haber comprobado esta deuda: díjole el administrador: “Toma tu obligación, siéntate y haz al instante otra de cincuenta”. De esta manera redujo la deuda a la mitad, y le hizo contraer con él un deber de gratitud, cuyo pago habría de exigir más tarde. “Dijo después a otro: ¿Y tú cuánto debes? Respondió: Cien coros de trigo. Díjole: Toma tu obligación y escribe otra de ochenta” Y así, procedió, poco más o menos, con los demás deudores hasta que su subsistencia estuvo asegurada. Cuando el hombre rico hubo conocido lo que acababa de ocurrir, ¿Qué hizo? El Evangelio dice: “Y el amo alabó a éste mayordomo infiel, de que hubiese sabido portarse sagazmente”. Es manifiesto que no alabó su infidelidad, sino su destreza.
Al terminar este relato, el Señor compara la conducta de los que se preocupan de los bienes temporales, a los cuales llama “hijos de este siglo”, con la de los que llama “hijos de la luz”, porque, iluminados por la fe, conocen los bienes eternos que se pueden procurar. Al ver la manera de obrar de los unos y de los otros, no puede dejar de proferir cierta alabanza en honor de los primeros.
Porque lo que el Señor admira en ello es la actividad que emplean para asegurar su felicidad temporal, sirviéndose de las riquezas que tienen a su disposición, y exhorta a sus discípulos a que sean tan sagaces como ellos para asegurar su felicidad eterna. Y añade “Así yo os digo a vosotros: Granjeaos amigos con las riquezas de iniquidad”, es decir que tan fácilmente pueden conducir a la iniquidad, o cuya iniquidad, como lo advierten los comentaristas de la Sagrada Escritura, se encuentra, con frecuencia, en el origen o en el uso de las mismas, “para que cuando falleciereis seáis recibidos en las moradas eternas”. ¿Quiénes son estos amigos, que pueden recibirnos en las moradas eternas, es decir en el cielo? Son los verdaderos pobres de Jesucristo, a los cuales ha sido prometido el reino de los cielos, y que por consiguiente, se hallarán en él como en su casa.
Acordémonos de que la tierra y todo lo que contiene es de Dios. Los que poseen bienes temporales han de considerarse como administradores de los mismos. Día llegará, en el cual Dios les quitará las riquezas de las manos, y les pedirá cuenta del empleo que de ellas hubieren hecho. Esto ocurrirá al salir de la presente vida. He aquí porque importa que imiten, no la injusticia, sino la habilidad del administrador, de quien habla el evangelio de este día, y que, mientras están en su poder, se sirvan de ellos para ganarse amigos, cuya gratitud les obligará a ayudarles, si algún día llegan a verse en la indigencia. Estos amigos son los pobres, y merced a la caridad que con ellos practicarán, se asegurarán un lugar en el reino de los cielos.