Dominica Novena Post Pentecosten.
Semiduplex
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Ecce Deus ádjuvat me, et Dóminus suscéptor est ánimae meae: avérte mala inimícis meis, et in veritáte tua dispérde illos, protéctur meus efféctum. Per Dóminum. |
Introito He aquí que Dios me socorre, y el Señor es el sostén de mi vida; recaigan sobre mis enemigos los males, y, fiel a tu palabra, extermínalos, Señor, oh Dios, por tu nombre, y líbrame con tu poder. Gloria al Padre... |
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Colecta
Páteant aures misericórdiae tuae, Dómine, précibus supplicántium: et, ut peténtibus desideráta concédas; fac eos, quae tibi sunt plácita, postuláre. Per Dóminum. |
Colecta
Ábranse, oh Señor, los oídos de tu misericordia a las plegarias de los que te suplican, y, para que les concedas lo que desean, haz que pidan lo que te agrada. Por Nuestro Señor Jesucristo. |
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Léctio Epístolae batí Pauli Apóstoli ad Corintios 1 Cor. 10, 6-13
Frates: Non simus concupiscentes malórum, sicut et illi concupiérunt. Neque idolólatrae efficiámini, sicut quidam ex ipsis: quemadmodum scriptum est: Sedit pópulos manducáre et bíbere, et surrexérunt lúdere. Neque fornicémur, sicut quidam ex ipsis fornicáti sunt, et cecidérunt una die vigínta tria míllia. Neque tentémus Christum, sicut quidam eórum tentavérunt, et a serpéntibus periérunt ab exterminatóre. Haec autem ómnia in figura contingébant illis: scripta sunt autem ad correptiónem nostram, in quos fines saeculórum devenérunt. Itaque qui se exístimat stare, vídeat ne cadat. Tentátio vos non apprehéndat, nisi humana: fídelis autem Deus est, qui non patiétur vos tentári supra id quod potéstis, sed fáciet étiam cum tentátione próventum, ut possítis sustinére. |
Léctio Epístolae batí Pauli Apóstoli ad Corintios 1 Cor. 10, 6-13
Hermanos: No deseemos el mal, como lo desearon lo hebreos. Ni seáis idólatras, como alguno de ellos, según está escrito: Sentóse el pueblo a comer y beber, y levantáronse a bailar. Ni forniquemos, como alguno de ellos fornicaron, y murieron en un día veintitrés mil. Ni tentemos a Cristo, como hicieron algunos de ellos, y perecieron mordidos de las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el ángel exterminador. Todo esto les sucedía en figuras; y están escritas para escarmiento de los que hemos venido en la plenitud de los tiempos. Y así, mire no caiga el que piense estar firme. No os vengan tentaciones sino humanas. Pero fiel es Dios, que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino con la tentación hará que saquéis provecho para sostenernos. |
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Graduale Ps. 8, 2 Dómine Dóminus noster, quam admirábile est nomen tuum in universa terra! V. Quóniam eleváta est magnificéntia tua súper caelos. |
Graduale Ps. 8, 2 Señor, Señor nuestro. ¡cuán admirable es tu nombre en toda la tierra! Pues tu Majestad se eleva sobre los cielos. |
| Alleluja, alleluja. V. Ps. 58, 2 Eripe me de inímicis meis, Deus meus: et ab insurgéntibus in me líbera me. Alleluja. |
Aleluya, aleluya. Sálvame, Dios mío, de los enemigos; líbrame de los que me asaltan. Aleluya. |
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Sequentia sancti Evangélii secúndum Lucam Luc. 19, 41-47 In illo témpore: Cum appropinquáret Jesus Jerúsalem, videns civitátem, flevit super illam, dicens: Quia si cognovísses et tu, et quidem in hac die tua, quae ad pacem tibi, nunc autem abscóndita sunt ab óculis tuis. Quia vénient dies in te: et circúmdabunt te; et coangustábunt te úndique: et ad terram prostérnet te, et fílios tuos, qui in te sunt, et non relínquent in te lápidem super lápidem: eo quod non cognóveris tempus visitatiónis tuae. Et ingréssus in templum, copeit ejícere vendéntes in illo,, et eméntes, dicens illis: Scriptum est: Quia domus mea domus oratiónis est. Vos autem fecístis íllam spelúncam latrónum. Et erat docens quotídie in templo. Credo. |
Sequentia sancti Evangélii secúndum Lucam Luc. 19, 41-47 Al acercarse Jesús a Jerusalén, al ver la cuidad, lloró diciendo: ¡Ah si conocieses tú, en este día lo que se te da para tu paz! Mas ahora está todo oculto a tus ojos. Vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán y te asediarán, y te estrecharan por todas partes, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; porque no conociste el tiempo en que Dios et visitó. Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la tenéis echa cueva de ladrones. Y enseñaba todos los días en el templo. Credo. |
Offertorium Ps. 18, 9-1011 et 12
Justítie Dómini rectae, laetificántes corda, et judícia ejus dulcióra super mel et fávum: nam et servus tuus custódit ea. |
Offertorium Ps. 18, 9-1011 et 12
Los juicios del Señor son rectos, y se alegran los corazones; son más dulces que la miel y el panal; por esto tu siervo los guarda. |
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Secreta Concéde nobis, quáesumus, Dómine, haec digne frequéntare mystéria: quia quóties hujus hóstiae commemorátio celebrátur, opus nostrae redemptiónis exercétur. Per Dóminum. |
Secreta
Haz, te rogamos, Señor, frecuentar dignamente estos misterios, porque cada vez que celebramos este sacrificio se reitera la obra de nuestra redención. Por Nuestro Señor Jesucristo. |
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Prefatio Ssma Trinitate Vere dignum et justum est, aequum et salutáre, nos tibi semper, et ubíque grátias ágere: Dómine sancte, Pater omnípotens, aetérne Deus: Qui cum unigénito Fílio tuo, et Spíritu Sancto, unus es Deus, unus es Dóminus:non in uníus singularitáte persónae , sed in uníus Trinitáte substántiae. Quod enim de tua lória, revelánte te, crédimus, hoc de Fílio tuo, hoc de Spíritu Sancto, sine differéntia discretiónis sentimus. Ut in confessióne verae sempiternáeque Deitátis, et in persónis propríetas, et in esséntia únitas, et in majestáte adorétur aequálitas. Quam laudant Angeli atque Achángeli, Chérubim quoque ac Seraphim: qui non cessant clamáre quotídie, una voce dicéntes: Sanctus... |
Prefatio Ssma Trinitate Digno y justo es, en verdad, debido y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias Señor Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno, que con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios y un solo Señor, no en la unidad de una sola persona si no en la Trinidad de una sola sustancia. Porque cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos indistintamente de tu Hijo y del Espíritu Santo; de suerte que, confesando una veradera y eterna divinidad, adoramos las propiedades de las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad. A la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y Serafines, que no cesan de cantar a una voz diciendo: Santo... |
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Communio Joann. 6, 57 Qui mandúcat meam carnem, et purificatiónem conferat, et tributa unitátem. Per Dóminum. |
Communio Joann. 6, 57 Quien come mi Carne y beba mi Sangre, en Mi mora, y yo en él, dice el Señor. |
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Postcommunio Tui nobis, quáesumus, Dómine, commúnio sacraménti, et purificatiónem cónferat, et tríbut unitátem. Per Dómine. |
Postcommunio La comunión de tu sacramento, oh Señor, nos purifique y conceda mutua unión. Por Nuestro Señor Jesucristo. |
DOMINICA IX DESPUES DE PENTECOSTES
JESUS, MESIAS ESPIRITUAL
Como el Evangelio de la misa del Domingo anterior, la Iglesia proponía a los fieles un pasaje de la Escritura en el cual Jesús exhortaba a sus discípulos a emplear los bienes temporales, que pudiesen tener a su disposición, para asegurarse un lugar ene l reino de los cielos. Hoy les da a leer otro pasaje, en el cual son puestos ante sus ojos los castigos, que son la consecuencia de un excesivo apego a las grandezas y a las riquezas de este mundo.
Este Evangelio, así considerado, sirve de estímulo para hacernos poner en práctica lo que se nos recomendó tan encarecidamente el domingo anterior, a saber el desasimiento de los bienes temporales, por lo que podemos afirmar que ambos evangelios se complementan.
“En aquel tiempo: Al llegar Jesús cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, lloró sobre ella”. Figurémonos al Divino Maestro que desciende lentamente del monte de los Olivos, con la mirada fija sobre la ciudad, la cual, en aquella hora todavía matinal, brillaba bajo el resplandor de los primeros rayos del sol. Allí se encontraba aquel pueblo, objeto de su amor y de sus sacrificios, el cual pronto iba a llevar su ingratitud hasta el extremo de pedir para él la muerte. Jesús veía, en espíritu, su cruz levantada sobre el Gólgota. Estos tristes pensamientos, que los clamores de júbilo de la multitud, que se dejaban oír en torno suyo, no llegaban a disipar, hicieron subir las lágrimas a sus ojos, de los cuales comenzaron afluir en abundancia, “Y dijo: ¡Ah! Si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz.”
¿Qué es lo que puede procurar la paz a Jerusalén, en este día, en el cual Dios hace que Jesús aparezca glorioso sobre sus muros, en este día, en el cual quiere que sea saludado como hijo de David, como Mesías? Es, sin duda alguna, la aceptación de su persona y de su doctrina. “Mas ahora está todo ello oculto a sus ojos”, añade Jesús. Lo que cubría como un velo los ojos de los judíos era su orgullo y su afición a las cosas de este mundo. El Mesías que esperaban era un rey que les había de colmar de riquezas y de placeres. Esta era la razón, por la cual no veían al Mesías en aquel Jesús que huía de los honores, y que les predicaba sin cesar, el desprecio de los bienes sensibles y temporales y el deseo de los bienes espirituales y eternos. Despreciaban a Jesús y no querían que reinase sobre ellos. Por esta causa, después de la hora de la misericordia, había de sonar para Jerusalén la hora de la justicia divina. He aquí como describe el Señor los males que iban a caer sobre la ciudad culpable: “Vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te asediarán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán, con los hijos tuyos, que tendrás encerrados dentro de ti, y no dejarán piedra sobre piedra, por cuanto has desconocido el tiempo, en que Dios te ha visitado”. Esta profecía del Señor se cumplió a la letra. Para persuadirnos de ello, nos basta leer al historiador Josefo. Se dice en él que, habiéndose rebelado los judíos contra los romanos, el año 66, Nerón nombró a Vespasiano jefe de los ejércitos que habían de reprimir aquella rebelión. Este general mandó levantar en torno de Jerusalén un muro, para impedir a sus habitantes toda comunicación con el exterior. Habiendo sido Vespasiano nombrado emperador, Tito le sucedió en el mando. Este se apoderó muy pronto de la ciudad que fue pasada a sangre y fuego y quedó cubierta de cadáveres. Este general mandó derribar los muros.
Después de haber recibido los honores de un triunfo de muy poca duración, Jesús se dirigió hacia el templo; pero fue todavía testigo del espíritu de lucro, que es uno de los rasgos característicos del carácter judío, y que tenía a éste apartado de él. Allí, en el mismo lugar, donde debía reinar aquel reposo, que tanto favorece la comunicación del alma con Dios, se había establecido un mercado, en el cual se compraba y se vendía, sin que el comercio que en el se practicaba se viese libre de fraude. Esto llenó al Señor de indignación, y aquél, a quien habían saludado como Mesías, quiso castigar por sí mismo a los que así deshonraban la casa de su padre celestial. “Y, habiendo entrado en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Mi casa es casa de oración, más vosotros la tenéis hecha una cueva de ladrones”.
Jesús, después de haber predicho las desgracias que los judíos iban a atraer sobre ellos, por su amor desordenado a los bienes de la tierra, después de haber castigado a los que manchaban la casa del Señor con el comercio que en ella hacían, quiso llamar por última vez la atención de los hombres sobre la misión propiamente mesiánica que el Padre le había designado, la cual consistía, sobre todo, en desilusionarles en sus esperanzas terrenales, para darles a gustar los bienes del cielo. “Y enseñaba todos los días en el templo”. Así fue como quiso pasar el Divino Maestro las últimas horas de su vida sobre la tierra.
El Evangelio de éste día nos da a entender que un excesivo amor a las riquezas puede ser un obstáculo para al salvación. Jesús vino al mundo para enseñarnos que, además de los bienes visibles, hay los bienes invisibles y no menos reales, que también están destinados a nosotros. En parte podemos ya desde ahora gozar de ellos, pero no se nos darán en toda su plenitud sino después de esta vida, en el reino de los cielos. Seamos, pues, cada día más fieles a la doctrina de Cristo, la cual, desde hace veinte siglos, derrama sobre el mundo todo el resplandor de su verdad, a pesar de todas las tentativas que se han hecho para empañarla. Acordémonos de que Jesús aún enseña todos los días en el templo, es decir en nuestras iglesias, por el ministerio de los sacerdotes, encargados de comunicarnos su doctrina. Temamos que una afición desordenada a las grandezas y a las riquezas de este mundo nos impida conformar con ella nuestra conducta y nos haga merecedores de los castigos que tal vez comenzarán ya en esta tierra y nos seguirán después de ésta vida.