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El evangelio de la misa de este domingo refiere una "pesca milagrosa", que hizo Simón Pedro por orden del Señor. Fue en aquella ócasión cuando quedó constituido en "pescador de hombres". Nos éncontramos otra vez con cierta unión entre este evangelio y el del domingo anterior; porque, si bien los dos llaman nuestra atención sobre el celo que hemos de desplegar para introducir los hombres en el reino de Dios, sin embargo, aquél nos pone tan sólo en presencia de un alma que está en peligro de perderse, mientras que éste nos muestra todas aquellas que están ya hundidas en el abismo de perdición representado por el mar. Asi, el círculo de nuestro apostolado se dilata considerablemente.
"En aquel tiempo", es decir al fin del décimo mes del primer año de la vida pública del Señor, en el cual se coloca el comienzo de la fiesta de la Pascua, Jesús, después de haber celebrado esta solemnidad en Jerusalén, predicó, primero en Judea; después regresó a Galilea, y allí fijó su residencia en Cafarnaún. Esta ciudad estaba situada cerca de un mar cuyas aguas tocaban aquella tierra de Neftalí y de Zabulón, de la cual el profeta Isaías había dicho que los pueblos que la habitaban yacían sentados en la región de las sombras de la muerte, refiriéndose a los errores que en ella reinaban. Sin embargo, había predicho, al mismo tiempo, que estos pueblos verían un día una gran luz o sea la verdad, que les sería predicada por el Mesías. Ved con qué avidez la recibían. Hallándose Jesús junto al lago de Genesaret, las gentes se agolpaban "alrededor de él, ansiosa de oír la palabra de Dios". Lo que les demostraba que salía de sus labios la palabra de Dios, era la santidad de su vida y los numerosos milagros que obraba para acreditarla. También aquel día, por haber aumentado por momentos la multitud, el divino Maestro buscó un lugar, desde el cual pudiesen verle todos y oírle mejor. "En esto, vio dos barcas a la orilla del lago, cuyos pescadores habían bajado, y estaban lavando las redes". Estos pescadores no le eran desconocidos, pues ya los había ganado a su causa. "Subiendo, pues, en una de ellas, la cual era de Simón, pidióle que la desviase un poco de tierra. Y, sentándose dentro, predicaba, desde la barca, al numeroso concurso". Podemos fácilmente imaginar la encantadora belleza del espectáculo que se hubiera ofrecido a nuestros ojos si hubiésemos sido testigos de aquella escena: a un lado estaba Jesús, sentado en una navecilla, y junto a él, Simón y algunos de sus compañeros, que reunidos habían seguido al Maestro en el momento de subir a la barca; al otro lado una multitud compuesta de hombres, de mujeres y de niños, que estaban de pie o sentados a lo largo de la orilla. Todo esto dentro del marco de un paisaje por demás sugestivo, en el momento en que la naturaleza comenzaba a despertar, pues el invierno tocaba a su fin. En medio del más profundo silencio y con la mayor atención escuchaban el discurso de Jesús, tan apropiado a las necesidades espirituales de los oyentes, lleno de luz para su inteligencia, de fuerza para su voluntad, de paz y de gozo para su corazón.
"Acabada la plática, dijo a Simón: Guiad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Replicóle Simón: Maestro, toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido; no obstante, sobre palabra, echaré la red".
Esta humilde sumisión de Pedro era, sin duda, efecto de la profunda impresión que le había causado el discurso del Salvador, por lo que le quiso dar una prueba de su entrega total a él. Es cierto gue le hizo notar que durante toda la noche había trabajado en vano con sus compañeros, y que, por consiguiente, estaba seguro de que tampoco entonces ningún pez quedaría prendido en las redes; sin embargo, a pesar de esta persuasión, le obedecieron. "Y, habiéndolo hecho, cogieron tan grande cantidad de peces, que la red se rompía. Por lo que hicieron señas a los compañeros de la otra barca, que viniesen y les ayudasen. Vinieron luego, y llenaron tanto las dos barcas, que faltó poco para que se hundiesen". El hecho que acababa de realizarse a los ojos de todos era enteramente extraordinario, y debían atribuirlo a la intervención de aquél que mandaba a la naturaleza y ejercía sobre ella un poder divino. Esto les hizo sentir profunmente el abismo que les separaba de él. "Lo que viendo Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador". ¿Cómo era posible, que él, pobre criatura, degradada por tantas transgresiones de la ley divina, se atreviese estar tan cerca de la misma santidad? Se juzgaba indigno de ello, pedía a Jesús que se apartase de él. Este era también el sentimiento de sus compañeros, porque, a causa de la pesca que acababan de hacer, "el asombro se había apoderado así de él como de todos los demas que con él estaban; lo mismo que sucedía a Santiago y a Juan, hijos del Zebedeo, compañeros de Simón". La misma íntima persuasión que tenían de su inferioridad y de sus miserias, hacía que no se hallasen del todo bien en presencia del Señor. "Entonces Jesús dijo a Simón: No tienes que temer: de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar". Estas palabras iban también dirigidas a sus compañeros. "Y ellos sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron", para iniciarse, de esta manera, en un ministerio que habían de ejercer hasta el fin de sus días, y que había de consistir en sacar hombres del mar de este mundo, para introducirlos en la barca de la Iglesia y conducirlos al puerto de la eterna salvación.
No sin razón, los maestros de la vida espiritual comparan algunas veces los hombres que viven en el mundo con los peces del mar, y dicen que su salvación corre peligro. El cristiano que se encuentra seguro junto a Jesús, en la barca de la Iglesia, debe también echar sus redes en "este mar", para sacar de él "estos peces". Mas, para hacerlo con éxito, es menester que, como Pedro y sus compañeros, esté, primero, muy atento a las enseñanzas de Cristo, y que después obedezca a sus preceptos. Quiera Dios que, sobre todo en estos días, en que las almas están más que nunca expuestas a perecer en el mundo, tengamos el consuelo de ver multiplicado el número de los "pescadores de hombres"
DOM ESTEBAN TILLIEUX
(De Bulletin Paroissial et Liturgique)