Propio del tiempo Sermón Regresar
DOMINICA QUINTA DESPUÉS DE PASCUA
4.- El Eclesiástico (II, 11) dice: Nullus speravit in Dómino, et confusus est: que ninguno que confió en el Señor, quedo burlado. ¡Oh, como alientan a los pecadores estas palabras! Por muchas iniquidades que haya cometido, jamás ha habido alguno que haya puesto su confianza en Dios y que el Señor haya abandonado. El que le ruega con confianza, obtiene todo cuanto le pide: Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis. (Marc. XI, 24) Cuando las gracias que pedimos son espirituales y útiles al alma, estemos seguros que las alcanzaremos. Por esto el Señor nos enseño, que cuando le pidamos alguna gracia, le llamemos con el nombre de Padre; Pater noster: para que recurramos a El con aquella confianza que suele recurrir un hijo al padre que le ama.
5.- Si atendemos, pues, a las promesas que nos ha hecho Jesucristo de escuchar a quien le ruega, ¿quien puede recelar, dice San Agustín, que falte a su promesa la misma verdad? ¿Quis falli metuet, dum promitit veritas? ¿s por ventura Dios, dice la Escritura, semejante a los hombres, que prometen y no cumplen, o porque mienten en prometer, o porque mudan de parecer después de haber prometido? Non est Deus quasi homo, ut mentiatur, nec ut filius hominis mutetur, Dixit ergo, et non faciet? (Num. XXIII, 19) Nuestro Dios no puede mentir, porque es la misma verdad; no puede mudarse, porque es la justicia, la rectitud, y sabe las consecuencias de cuanto dispone. ¿Como, pues, ha de dejar de cumplir lo que nos prometió?
6.- Por lo mismo que desea nuestro bien, nos exhorta y nos incita a que le pidamos las gracias que necesitamos. Por eso nos dice por San Mateo (VII, 7): Pedid y os dará; buscad y hallareis; llamad, y os abrirán: Patite et dabitur vobis: quærite et invenietis: pulsate et aperietur vobis. Y ¿y como había de exhortar a que le pidamos gracias dice San Agustín, si no tuviese voluntad de dárnoslas? Non nos hortarteur, ut potemus, nisi dare vellet. (De Verb. Dom. serm. 5) Y debemos estar tanto mas confiados en que nos dará lo que pedimos, en cuanto El mismo se obligo a oír nuestras suplicas: Promittendo debitorem se fecit. (S. Aug. ibid. serm. 2)
7.- Pero, dirá alguno: yo tengo poca confianza en Dios porque soy pecador: le he sido muy ingrato, y conozco que no merezco ser oído. Santo Tomas le contesta diciendo: que nuestras suplicas no se apoyan en nuestros meritos, sino en la divina misericordia: Oratio in impetranto non innititur nostris meritis ser soli divinæ misericordiæ (S. Thom. 2, 2q. 178, a. 2, ad. 1.) Siempre que le pidamos cosas útiles a nuestra eterna salvación y le suplicamos con confianza, Dios nos escucha. He dicho <<cosas útiles a la salvación>>, porque si fuesen cosas novicias a nuestras almas, el Señor no nos oye ni puede oírnos. Por ejemplo, si alguno quisiese vengar una injuria, o llevar acabo una ofensa a Dios, y le pidiese su auxilio con este fin, seguramente el Señor no le oiría, porque, en tal caso, dice San Juan Crisóstomo, es una ofensa a Dios la misma suplica; y nunca debemos pedir a Dios cosas malas eh injustas: Quia orat et peccat, non rogat Deum, sed eludit (S. Joann Chrys. Hom 11 in Math. 6).
8. Del mismo modo, si imploráis el auxilio divino y queréis que el Señor os ayude, es preciso que vosotros no pongáis ningún impedimento que os haga indignos de ser oídos. Por ejemplo, si pidiereis a Dios que os de fuerzas para no reincidir en el pecado, y no quisieseis evitar las ocasiones de pecar, ni absteneros de frecuentar tal casa, ni alejaros de tal objeto, o de tal mala compañía, Dios no os escuchara; porque pondréis un impedimento para que oiga nuestra plegaria. opposuisti nubem tibi ne transeat oratio. (Thren. III, 44.) Si después pecáis, no debéis quejaros de Dios, diciendo: He pedido al Señor fuerzas para no recaer en el pecado, mas no me ha oído. Porque esto seria desconocer que vosotros pusisteis impedimento, no quitando la ocasión, inutilizando de este modo nuestra suplica, y haciendo que Dios no la oyera.
9.- Es preciso también advertir, que la promesa que hizo Jesucristo de oír al que suplica, no se entiende respecto a las gracias temporales que le pedimos, como ganar un pleito, tener una buena cosecha, librarnos de alguna enfermedad o persecución; porque, aunque Dios concede también estas gracias cuando se las pedimos, solamente las concede cuando son útiles a nuestra salud espiritual, pues de otro modo nos las niega porque nos ama, sabiendo que tales gracias serian desgracias para nosotros y dañaría a nuestra alma. Dice San Agustín (tomo III, cap. 212), que lo que es útil al enfermo lo conoce mejor el medico que el enfermo mismo: Quid infirmo sit utile, magis novit medicus, quam ægrotus. Añade, que Dios niega alguno por misericordia, lo que concede a otros por castigo: Deus negat propitius, quæ concedit iratus. Por esto San Juan Damasceno dice: que cuando no conseguimos las gracias que pedimos, debemos alegrarnos, porque es mejor para nosotros que tales gracias nos sean negadas, que concedidas: Etiam si non accipias non accipiendo accepisti, interdum enim non accipere, quam accipere satius est. (S. Joann. Damasc. Paral. lib. III, cap. 15.) Sucede, en efecto, que muchas veces pedimos el veneno que no ha de matar. ¡Cuantos, por ejemplo, se hubiesen salvado, si hubieran muerto durante el estado de aquella enfermedad o pobreza que sufrían! Pero, porque recobraron la salud, o porque consiguieron grandes honores y dignidades, se aumento su soberbia, se olvidaron de Dios, y se condenaron. Por este motivo nos exhorta San Juan Crisóstomo, a dejar a la voluntad de Dios que nos conceda lo que pedimos, si es que nos conviene: Orantes in ejus potestate ponamus, ut nos illud, petentes exaudiat, quod ipse nobis expedire, cognoscit. (Hom. XV, in Matth.) Debemos, por tanto, pedir a Dios las gracias temporales, siempre con la condición de que sean útiles a nuestra alma.
10.- Al contrario, las gracias espirituales, como son el perdón de los pecados, la perseverancia en la virtud, el amor a Dios, debemos pedirlas absolutamente y sin condición, con firme esperanza de obtenerlas. Dice Jesucristo por San Lucas (XI, 13): que si los hombre, siendo malos, como son, saben a sus hijos dar cosas buenas que no les sean perjudiciales, mucho mejor sabrá el Padre celestial dar la virtud, el arrepentimiento de las culpas, el divino amor, la conformidad a la divina voluntad a los que le piden estas cosas: Si vos cum sitis mali, nostis bona data daræ filius vestris: quanto magis Pater vester de cælo dabit spiritum bonum petentibus se? Y ¿Como podrá Dios, dice San Bernardo, negar a los que le piden las gracias convenientesa su salvación, cuando El mismo nos exhorta a todos a que le pidamos? Quando Deus negabit petentibus, qui etiam non petentes hortatur ut petent. (S. Bern, serm. 2, de S. Andr.)
11. Cuando al Señor se le pide, no atiende a si es justo o pecador el que ruega; porque El mismo dijo generalmente respecto a todos: Omnis enim, qui petit, accipit. (Luc. XI, 10.) El autor de la obra imperfecta interpreta estas palabras, y dice: Omnis <<quiere decir todo hombre justo o pecador>>. (Hom. 18) Y Jesucristo, para animarnos a pedir con gran confianza estas gracias espirituales, nos dijo: En verdad os digo, que mi Padre os concederá cuanto pidiereis en mi nombre: Amen, amen dico vobis, si quid petieritis Patrem in nomine meo, dabit vobis. (Joann. XXIII, 23.) Como si dijera: Pecadores si vosotros no merecéis obtener las gracias, yo tengo grandes meritos ante mi Padre; pedid en mi nombre, es decir, por mis meritos, y os prometo que obtndreis cuanto pidiereis.
Punto III.
Se debe pedir con perseverancia.
12. Sobre todo, debemos pedir con grande perseverancia hasta la muerte, sin cansarnos jamás de hacerlo. Esto nos dará a entender aquellos textos de la santa Escritura: Oportet semper orare: Conviene orar perseverantemente. (Luc. XVIII, 1) Vigilate itaque, omni tempore orantes: Velad, pues, orando en todo tiempo. (Luc. XXI, 36.) Sine intermissione orate: Orad sin intermicion (I. Thess.v. 17.) Por esta razón el Eclesiástico nos amonesta, diciendo: Non impediaris orare semper. Nada te detenga de orar siempre que puedas (Eccl. XVIII, 22.); porque dejando de orar, nos privaremos de los auxilios divinos, y quedaremos vencidos en las tentaciones. La perseverancia en la gracia de Dios es un don absolutamente gratuito, que no podemos merecer nosotros, como lo declaro el concilio del Trento (sess. 6, cap.); pero San Agustín dice: que este don puede merecerse suplicando, o por medio de la oracion: Hoc Dei donum suppliciter emereri potest, idest, suplicando, impetrare. (S. Aug. de Dono persev. cap. 6.) y por esto dice el cardenal Berlamino, que la gracia de la perseverancia debe pedirse cada día, para obtenerla todos los días: Quotidie petenda est, ut quotidie obtineatur. De otro modo caeremos en pecado el día que dejemos de pedirla al Señor.
13. Si queremos, pues, perseverar y salvarnos, porque sin la perseverancia ninguno se salva, debemos pedir continuamente. Nuestra perseverancia hasta la muerte, no solamente depende de un auxilio, sino de muchos los cuales esperamos alcanzar de Dios durante toda nuestra vida, para conservarnos en su santa gracia. Pues a esta cadena de los auxilios divinos, debemos corresponder con la cadena de nuestras suplicas, sin la cual el Señor no suele dispensar la gracia. Y si nosotros interrumpimos la cadena de las suplicas, y dejamos de pedir, el Señor interrumpirá también la cadena de los auxilios, y perderemos la perseverancia. Dice San Lucas (XI, 5, 8.): Si alguno de nosotros tuviese un amigo, y fuese a encontrarle a media noche, y a decirle: Amigo préstame tres panes, porque otro amigo mió acaba de llegar de viaje a mi casa, y no tengo nada que darle, aunque aquel, desde adentro le respondiese: <<No me molestes, la puerta esta ya cerrada, y mis criados están como yo acostados: no puedo levantarme dártelos:>> si el otro confiase en llamar y mas llamar, yo os aseguro que cuando no se levantase a dárselos en razón de su amistad, a lo menos para librarse de su impertinencia, se levantaría, al fin, y le daría cuanto hubiese menester Et si non dabit illi sur gens eo quod amicus ejus sit, proter improbitatem tamem ejus surget dabit illi quotquot habet necesarios. Pues si al amigo le dais tres panes para que no os importune, ¿cuanto mejor, dice San Agustín, nos dará Dios lo que le pedimos con instancia, cuando nos exhorta a que le pidamos, y se disgusta si no le pedimos?
14. Los hombres se incomodan cuando se les importuna, pidiendo alguna cosa; mas Dios nos exhorta a que le pidamos continuamente; y no se incomoda, antes se complace en ver que le pedimos insensantemente. Escribe Cornelio a Lapide (in Lucas. 11.): que el Señor quiere que perseveremos, pidiéndole hasta ser importunos: Vult nos esse perseverantes un oratione, usque ad importunitatem. Y antes que el, dijo San Jerónimo: que este importunidad con Dios es oportuna, porque el mismo nos dijo por San Lucas (XI. 9): <<Pedid, y se os dará; buscad, y hallarais; llamad, y se os abrirá.>> Bastaba que se nos hubiese dicho, petite, pedid; pero quiso añadir: quærite, pulsate, buscad, llamad; porque con estas palabras quiso darnos a entender lo que debemos practicar siempre al pedirle una gracia, es decir, lo mismo que practican los pobres mendicantes cuando piden limosna, que aunque se les despida, no dejen por eso de pedir y de insistir hasta que se les da.
15. Luego, si queremos que Dios nos conceda la perseverancia, debemos pedírsela hasta ser inoportunos al levantarnos por la mañana, cuando oramos, cuando oigamos misa, cuando visitamos el santísimo Sacramento, cuando nos acostamos, y, especialmente, cuando nos induce el demonio a cometer algún pecado, de manera, que debemos estar siempre con la boca abierta, suplicando y diciéndole: Señor, ayúdame, asistidme, alumbradme, dadme fuerzas, no me abandonéis. Y esta inoportunidad con la que suplicamos, no le incomoda, como dice Tertuliano: Hæc vis grata Deo, antes bien le es muy agradable, y le mueve a concedernos cuanto le suplicamos. Y por lo mismo que se complace en ver honrada a su santísima Madre, quiere también, como dice San Bernardo, que recibamos por intercesión de Ella todas las gracias que nos dispensa. Acerca de esta poderosa intercesión, añada también el mismo Santo: Quæramus gratiam, et par Mariam quæramus; quia Mater est, frustraria non potest: Pidamosle la gracia por medio de Maria, y no puede negarle cosa alguna. (S. Bern. de Aqæd.) ¡Ea, pues, amados oyentes míos! si queréis que Dios os conceda la perseverancia en la virtud, y la gracia divina que necesitáis para salvaros, pedidla con confianza a Dios incesantemente, cuando os levantéis, cuando coméis, cuando os acostéis, de día, de noche, y, especialmente, cuando nos veáis tentados por el enemigo de vuestras almas; y poner como mediadora a la Virgen Maria, su Purísima Madre, que es consuelo de los pecadores, el auxilio de los afligidos y la fuente de toda gracia.