Dominica infra Octavam. Ascensionis

Semiduplex

 

Como la octava de la Ascensión no se celebró hasta el siglo XV, este domingo aparece en los documentos anteriores con el simple título de domínica de rosa. El templo indicado para la Estación es el antiguo Pantheon de Agripa, o de Santa María ad Mártyres. Allí celebraba Misa el mismo Papa, y pronunciaba la homilía sobre la venida del Espíritu Santo. Para hacer más sensible esta venida, desde un vano de la parte central se derramaba una lluvia de rosas sobre los fieles. (Cfr. Schuster, Líber Sacramentorun, IV, páginas 168-9.)

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Introitus     Ps. 26,7,8 et 9

Exáudi, Dómine, vocem meam, qua clamávi ad te, allelúja: tibi dixit cor meum, quæsívi vultum tuum, vultum tuum, Dómine, requíram: ne avértas fáciem tuam a me, allelúja, allelúja. Ps. ibid., 1 Dóminus illuminátio mea, et salus mea: quem timébo? V. Glória Patri. Exáudi.

 

Introito.

Oye, Señor, mi voz que te implora, aleluya; mi corazón te dijo: busqué tu rostro; tu rostro, Señor, buscaré; no apartes de mí tu faz, aleluya, aleluya. Ps. ibid., 1 El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? Gloria al Padre. Oye.

 

 

Colecta

Omnípotens sempitérne Deus: fac nos tibi semper et devótam gérere voluntátem; et majestáti tuæ   sincéro corde servíre. Per Dóminum nostrum.

 

Et fit Com. Octavæ Ascensionis:

Concéde, quaésumus, omnípotens Deus: ut, qui hodiérna die Unigénitum tuum Redemptórem nostrum ad cælos ascendísse crédimus ipsi quoque mente in cæléstibus habitémus. Per eúmdem Dóminum.

 

 

 

Colecta.

Dios omnipotente y eterno, haz que siempre nuestra voluntad esté a ti sometida, y que te sirvamos con corazón sincero. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Colecta 2

Haz, te rogamos, Dios omnipotente, que, pues creemos que tu Unigénito, nuestro Redentor, subió hoy a los cielos, también nosotros moremos espiri-tualmente en los mismos. Por el mismo Cristo nuestro Señor.

 

Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli

1 Petr. 4, 7-11

Caríssimi: Estóte prudéntes, et vigiláte in oratiónibus. Ante ómnia autem, mútuam in vobismetípsis caritátem contínuam habéntes: quia cáritas óperit multitúdinem peccatórum. Hospitáles ínvicem sine murmuratióne: unusquísque, sicut accépit grátiam, in altérutrum illam administrántes, sicut boni dispensatóres multifórmis grátiæ Dei. Si quis lóquitur, quasi sermónes Dei: si quis minístrat, tamquam ex virtúte, quam adminístrat Deus: ut in ómnibus honorificétur Deus per Jesum Christum Dóminum nostrum.

 

Allelúja, allelúja. V. Ps. 46, 9 Regnávit Dóminus super omnes gentes: Deus sedet super sedem sanctam suam. Allelúja. V. Joann. 14, 18 Non vos relínquam orphanos: vado, et vénio ad vos, et gau-débit cor vestrum. Allelúja.

 

 Epistola.

Carisimos: Sed prudentes, y velad orando. Mas, sobre todo, amaos siempre mutuamente unos a otros; porque la caridad cubre multitud de pecados. Ejercitad la hospitalidad unos con otros, sin quejaros. Comunique cada cual al prójimo la gracia o don recibido, como la multiforme gracia de Dios, el que predica, hágalo como si hablara Dios; el que sirve hágalo como quien ejercita la virtud de Dios recibida para que en todo sea Dios glorificado Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Aleluya. Aleluya, aleluya. V. Ps. 46, 9 El Señor reinó sobre todas las gentes; está Dios sentado sobre su santo solio. Aleluya. V. Joann. 14, 18 No os dejaré huérfanos; voy y vuelvo a vosotros, y vuestro corazón se alegrará. Aleluya.

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem

Joann. 15, 26-27; 16, 1-4

In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Cum vénerit Paráclitus, quem ego mittam vobis a Patre, Spíritum veritátis, qui a Patre procédit, ille testimónium perhibébit de me: et vos testimónium perhibébitis, quia ab inítio mecum estis. Hæc locútus sum vobis, ut non scandalizémini. Absque synagógis fácient vos: sed venit hora, ut omnis, qui intérficit vos, arbitrétur obséquium se præstáre Deo. Et hæc fácient vobis, quia non novérunt Patrem, neque me. Sed hæc locútus sum vobis: ut, cum vénerit hora eórum, reminiscámini, quia ego dixi vobis. Credo.

 

Evangelio.

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viniere el Consolador, Espíritu de verdad que procede del Padre, y que yo os enviaré, Él dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Esto os dije porque no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas; y tiempo vendrá en que quien os matare pensará hacer un servicio a Dios. Os tratarán así porque no conocen al Padre ni a mí. Os lo digo, para que cuando llegue la hora, os acordéis que yo os lo dije. Credo.

Offertorium Ps. 46, 6

Ascéndit Deus in jubilatióne, et Dóminus in voce tubæ, allelúja.

 

 

Ofertorio.

Asciende Dios entre aclamaciones y el Señor al son de clarines. Aleluya.

 

Secreta

Sacrifícia nos, Dómine, immaculáta puríficent: et méntibus nostris supérnæ grátiæ dent vigórem. Per Dóminum.

 

Secreta  Pro Octava Ascensionis

Súscipe, Dómine, múnera, quæ pro Fílii tui gloriósa Ascensióne deférimus: et concéde propítius; ut a præséntibus perículis liberémur, et ad vitam perve-niámus ætérnam. Per eúmdem Dóminum.

 

Secreta.

Estos inmaculados sacrificios nos purifiquen, Señor, y vigoricen nuestras almas con tu soberana gracia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Secreta 2

Recibe, Señor, los dones que te ofrecemos por la gloriosa ascensión de tu Hijo y haz propicio que, libres de los peligros presentes, lleguemos a la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor.

 

 

Præfatio Ascensione

Vere dignum et justum est, æquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine sáncte, Pater omnipotens, ætérne Deus: per Christum Dóminum  nostrum. Qui  post resurrectiónem suam  ómnibus discípulis suis maniféstus appáruit, et ipsis cernéntibus est elevátus in cælum ut nos divinitátis suæ tribúeret esse partícipes. Et ídeo cum Angelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia cæléstis exércitus, hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes:  Sanctus, Santus, Sanctus * Dóminus Deus Sábaoth. * pleni sunt cæli, et terra glória tua. * Hosánna in excélsis.  Benedíctus qui venit in nómine Dómini. * Hosánna in excélsis.

Prefacio.

Digno y justo es, en verdad, debido y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias Señor Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno; por Cristo, Señor nuestro. Quien, después de su Resurrección, se mostró visiblemente a todos sus discípulos, y a su vista se elevó a los cielos para hacernos partícipes de su divinidad. Y, por tanto, con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con toda la milicia de los ejércitos celestiales, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo *Señor Dios de los ejércitos. *Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. *Hosanna en las alturas. Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. *Hosanna en las alturas.

Comunicántes de Ascensione.

Communicántes, et diem sacratissimum celebrántes, quo Dóminus noster, unigénitus Fílius tuus, unítam sibi fragilitátis nostræ substántiam, in gióriæ tuæ déxtera collocávit: sed et memóriam venerántes, in primis gloriósæ semper Vírginis Maríæ, Genitrícis ejúsdem Dei et Dómini nostri Jesu Christi; sed et beatórum Apostolórum ac Mártyrum tuórum, Petri et Pauli, Andréæ, Jacóbi, Joánnis, Thomæ, Jacóbi, Philíppi, Bartholomæi, Matthæi, Simónis et Thaddæi, Lini, Cleti, Cleméntis, Xysti, Cornélii,Cypriáni, Lauréntii, Chrysógoni, Joánnis et Pauli, Cosmæ et Damiáni, et ómnium Sanctórum tuórum; quorum méritis, precibúsque concédas, ut in ómnibus protectiónis tuæ muniámur auxílio. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum. Amen.

 

Communio Joann. 17,12-13 et 15

Pater, cum essem cum eis, ego servábam eos, quos dedísti mihi, allelúja: nunc autem ad te vénio: non rogo, ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo, allelúja, allelúja.

Comunicantes.

Unidos en una misma comunión y celebrando el sacratísimo dia en que el Señor Nuestro, tu Unigénito Hijo, colocó a diestra de tu gloria nuestra frágil naturaleza, unida en Él a su Divinidad, y también veneramos la memoria en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen Maria, madre del mismo Dios y nuestro Señor Jesucristo; y asimismo la de tus bienaventurados Apóstoles y Mártires, Pedro y Pablo, Andrés, Jaime, Juan  Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo, Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, (Papas) Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián, (Mártires) y de todos tus Santos; por cuyos méritos y ruegos te suplicamos nos concedas, que en todas las cosas el auxilio de tu protección nos defienda, Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

 

Comunion.

Padre, mientras estaba con ellos, yo guardé los que me diste, aleluya; mas ahora vengo a Ti; no te pido que los saques del mundo, sino que los libres de mal, aleluya, aleluya.

 

Postcommunio

Repléti, Dómine, munéribus sacris: da, quaésumus; ut in gratiárum semper actióne maneámus. Per Dóminum.

 

Postcotnmunio Pro Octava Ascensionis

Præsta nobis, quaésumus, omnípotens et miséricors Deus: ut, quæ visibílibus mystériis suménda percé-pimus, invisíbili consequámur efféctu. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus.

 

Postcomunion 1

Saciados, Señor, con los dones sagrados, concédenos permanecer en constante acción de gracias. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Postcomunion 2

Haz, Dios omnipotente y misericordioso, experimentar los invisibles efectos de los misterios visibles que celebramos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espiritu Santo Dios.

  

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DOMINICA DENTRO DE LA OCTAVA DE LA ASCENSIÓN

JESÚS, NUESTRO ABOGADO ANTE EL PADRE

¡La Ascensión! Tal es el gran aniversario que poco ha celebramos y en cuya octava nos hallamos. Esta fiesta tiene un sentido para Jesucristo y otro para nosotros. Para Jesús es el coronamiento de su ministerio. Para nosotros es el coronamiento de nuestras esperanzas.

 

La Ascensión es el coronamiento del ministerio de Jesús.- Después de su resurrección, el Salvador se quedó en Judea por espacio de cuarenta días. Se apareció a sus discípulos, les habló, comió con ellos; dejó que lo tocasen, para que se convenciesen de que había resucitado. El último día, reunió un grupo de unos ciento veinte discípulos y emprendió con ellos el camino del monte de los Olivos. Subió por la cuesta, pasó por delante del Huerto de la agonía donde, cuarenta y tres días antes, tanto había sufrido. Llegó a la cima de la colina, dirigió las últimas instrucciones a sus apóstoles, y después, juntando sus manos, en ademán de bendecir, se elevó lentamente hacia el cielo, no en un carro de fuego como Elías, sino por su propia virtud, como rey de la naturaleza. Los discípulos se quedaron contemplando el rastro luminoso trazado en las nubes por su querido Maestro. Jesús no les dejó sin enviarles su último mensaje de amor. Dos ángeles bajaron del cielo, y dijeron a los apóstoles y a los discípulos: “Varones de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Este Jesús que, separándose de vosotros, ha subido al cielo, vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir allá”.

Pero sigamos a Cristo en su Ascensión – en esta ascensión maravillosa; mirabilem ascensionem tuam, como dice la Iglesia – que es el triunfo de Cristo. Sube, pero, como dice San Pablo, no sube solo. Le sigue el inmenso cortejo de los santos y de los justos, muertos en este mundo antes de la Encarnación. Son todos los justos que se santificaron bajo la ley de Moisés, y todos aquellos – verdaderas perlas preciosas – que, entre los paganos, observaron la ley natural. Jesús había descendido a los infiernos inmediatamente después de su muerte, para anunciarles su próxima liberación; y hoy todos los cautivos han recuperado su libertad, captivam duxit captivitatem. En medio de las aclamaciones, Jesús llega a las puertas del cielo. Es David quien ahora va a describirnos la entrada del Hijo de Dios en el cielo. Dos mil años antes, había contemplado este espectáculo y lo había traducido en acentos inspirados. Un patriarca, quizás Abrahán, se dirige al ángel, que, con una espada de fuego en las manos, guarda las puertas del cielo, como, en otros tiempos, otro ángel guardaba las del Edén y le dice: “Príncipe de la milicia celestial, abre las puertas del cielo; puertas externas, girad sobre vuestros quicios. - ¿Quién es éste, dice el ángel, ante el cual hemos de dejar libre la entrada del Paraíso? Quis est iste? – Es, responden los santos, el Rey de la gloria, el Dios omnipotente, que ha roto nuestras cadenas, vencido el pecado y triunfado de Satanás”. Las puertas del cielo se abren entonces ante el triunfador y un ejército de ángeles acude presto. Prorrumpen en hosannas y en aclamaciones; cantan en torno a Cristo, como cantaron con ocasión de su nacimiento, y entonan inefables melodías y triunfantes himnos. ¿Quién podrá halarnos de la acogida del Padre? Si nosotros, que tenemos corazones de hombres, es decir corazones sensibles, sentimos tanto pesar cuando nos separamos de aquellos a quienes amamos, y si nuestro corazón rebosa de júbilo, al verlos regresar, ¿qué debió sentir el corazón del Padre celestial, es decir el corazón de un Dios? David oyó como el Padre decía a su Hijo: Dixit Dominus Domino meo: sede a dextris meis; ya estás aquí, Hijo mío, siéntate a mi diestra; éste es tu lugar. Tu eres el Rey del cielo y de la tierra, por derecho de nacimiento y por derecho de conquista: - Donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum. Y aguarda un poco. Yo convertiré a tus enemigos en escabel de tus pies. Entonces quedaban cumplidas las palabras que Jesucristo dirigió a sus discípulos, algunos días antes de su muerte: “Salí del Padre, y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre”.

 

Mas la Ascensión es también el coronamiento de nuestras esperanzas.- Jesús no subió a los cielos para descansar; no permanece inactivo en su gloria. Está allí, por así decirlo, en plena actividad. Se ha constituido en embajador nuestro. Ahora bien, ¿dónde está el lugar que corresponde al embajador, sino cabe el monarca, ante el cual está acreditado? En el cielo, Jesús es nuestro mediador y el protector de la Iglesia. ¿Qué más hemos de desear? Es nuestro mediador, es decir presenta continuamente a su Padre todos nuestros homenajes, todas nuestras intercesiones, todas nuestras plegarias. Así lo entiende la Iglesia, la cual no acaba ninguna de sus oraciones o sea ninguna de sus peticiones, sin añadir a ellas esta conclusión: “Por Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo, por los siglos de los siglos”. Así nos lo enseña también Jesús, cuando nos dice: “Nadie va al Padre sino por el Hijo”. Además, Jesús, en el cielo, es nuestro abogado. ¿Cuáles son las cualidades de un buen abogado? Un buen abogado ha de defender los intereses de su cliente, y no ha de hacer sino una persona con él. Ahora bien, Jesús se ha vestido de nuestra carne, ha vivido nuestra vida miserable, ha sufrido, ha muerto por nosotros; se ha cubierto de nuestros pecados como de un manto; se ha hecho anatema por nosotros. ¿Es posible soñar una identificación más completa? También es buen abogado el que conoce a fondo el asunto de su cliente. Jesús nos conoce hasta lo más íntimo; lee en nuestras conciencias: “Sabía lo que había en el hombre”. Un buen abogado sabe subyugar a su auditorio. Jesús es el modelo de los oradores populares. Recorred el Evangelio; examinad las respuestas de Jesús a sus adversarios, con frecuencia a preguntas las más capciosas y las más inesperadas, y os hará imposible encontrar otra más a propósito. La palabra del Maestro era elocuente, de tal manera que, para oírla, se olvidaban los judíos de comer y de beber. Entendían a la letra esta luminosa y consoladora palabra. Habiendo, un día, los fariseos enviado emisarios, para prender a Jesús, éstos regresaron diciendo: “Jamás hombre alguno ha hablado como éste hombre”. Finalmente, un buen abogado, es grato al juez. Pues bien, escuchad lo que el Padre piensa de Jesús. Lo manifiesta en tres ocasiones, durante la vida pública del Salvador: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias”. Un buen abogado sabe encontrar las causas atenuantes más favorables. Jesús tiene causas atenuantes únicas en nuestro favor. Tales son sus heridas, que brillan como estrellas sobre su cuerpo glorioso. Cuando el Padre quiere castigarnos por nuestros pecados, Jesús le muestra sus llagas. “¡He aquí, Padre, lo que he sufrido por ellos!” Por último, Jesús es el protector de la Iglesia. Durante su vida, ora sentado al borde de un pozo, ora en la proa de una barca, ora sobre un montículo, había dicho: “Os envío como ovejas en medio de lobos; pero tened confianza; yo he vencido al mundo.- Id, bautizad a todas las naciones; he aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.”

Si hubiésemos estado allí hubiéramos exclamado: ¡Pobre soñador! Pues bien, todo cuanto Jesús anunció, se ha realizado a la letra. La profecía concuerda con la historia.

Finalmente, antes de subir a los cielos, nos dijo: Vado parare bobis locum, lo que equivale a decir: No os olvidéis de que sois peregrinos sobre la tierra; de que no es ésta vuestra verdadera patria. “Somos ciudadanos de los cielos”, decía San Pablo. Si habéis viajado por Suiza, habréis tenido ocasión de ver la maravillosa cadena de los Alpes, con sus picos gloriosos. Si miramos a los turistas, que andan por el pie de estos montes, veremos que los hay de dos clases. Los hay que admiran la esbeltez atrevida de las rocas, la altura de las cumbres, los reflejos del sol, la nieve acolchando el azul del cielo, los tonos verdes del hielo vivo. Estos tales admiran como artistas. Los otros, por el contrario, recorren con telescopio toda la montaña, examinan los senderos sobre el mapa, reclutan guías, se arman de picos y de cuerdas, se proveen de víveres y de medicamentos. ¡Vedles ya en el camino! Tal es la imagen del cristiano. Hay para él una cima gloriosa que escalar: el Paraíso. Si se contenta con pensar en él, está perdido. La vida no es un río, que se atraviesa con una barca de flores: es un monte escarpado por el cual es menester trepar.

El cristiano estudia el mapa o sea la enseñanza de la Iglesia, pregunta a los guías, es decir a los sacerdotes y a la divina palabra. Se provee de toda clase de auxilios; tales como la oración y los sacramentos. Al fin, después de grandes esfuerzos, llega a la cumbre. ¡Qué pequeño le parece el mundo desde allí! Sus pulmones se dilatan, porque el aire es más puro, y se encuentra el descanso y la luz; pero, ¡a precio de cuántos esfuerzos! – “El cielo se alcanza a viva fuerza y los que se la hacen a sí mismos son los que lo arrebatan”

(De Semaine de Lyon)

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