Jesucristo
no ha muerto en vano
¿Qué hará el hombre con las solas fuerzas de la naturaleza, sin saber si el Mesías ha venido ya?
Todo lo que puede hacer es, primeramente, creer en Dios Creador del cielo y de la tierra y del hombre mismo, como nosotros lo conocemos naturalmente; y en segundo lugar, vivir en la justicia cumpliendo su voluntad, puesto que carece de toda idea sobre la Pasión de Cristo y su resurrección. Si esto basta y ha podido bastar para ser salvo, repito lo que ha dicho el apóstol a propósito de la ley: “Entonces ha muerto en vano Jesucristo” (Gal. II, 21). Si San Pablo habla así de la ley mosaica, dada solamente a la nación judía, con cuánta más razón podrá decirse de la ley dada a todo el género humano: “Si la justicia procede de la naturaleza, entonces en vano ha muerto Jesucristo”. Si no murió en vano Jesucristo, la naturaleza humana no puede por consiguiente ser justificada ni rescatada de la justa cólera de Dios, es decir del castigo y del pecado, sino por la fe y el precio de la sangre de Cristo.
La naturaleza del hombre era inocente en su creación primitiva y no tenía ningún vicio; ahora esta misma naturaleza que todos nosotros recibimos de Adán, necesita de un médico porque está enferma, todos los bienes de ella poseídos en cuanto criatura, como son la vida, el cuerpo y el alma, todo lo ha recibido de Dios su Creador y Conservador, más como el vicio ha obscurecido y debilitado en ella todos estos bienes naturales, es causa de que necesite un médico para ilustrarla y curarla; ese vicio no procede de Dios que la creó sin defectos, sino del pecado original cometido por una voluntad libre. Por eso la naturaleza culpable merece castigo. Porque si nosotros somos en Jesucristo una nueva criatura, en otro tiempo éramos por nuestro nacimiento hijos de cólera como el resto de los hombres. (II Cor., V, 17). Pero Dios, que es rico en misericordia, quiso mostrarnos su gran amor, y cuando estábamos muertos por el pecado, nos dio la vida en Jesucristo, por cuya gracia fuimos salvos. (Efes., II, 3).
El texto anterior y los siguientes son uno de los más grandes padres de la Iglesia: San Agustín, obispo de Hipona, quien nació el año 354, en Tagaste, pequeña ciudad africana, perteneciente al entonces imperio romano, muy próximo a desaparecer carcomido por la corrupción social generalizada y la incapacidad política de sus gobernantes.
Aunque su madre, Mónica, era una fervorosa cristiana (su padre, Patricio, era pagano) Agustín no pasó entonces de catecúmeno (aspirante al bautizo). Sus primeros años de juventud transcurrieron entre muchachadas, estudios, travesuras «y alguna intriga amorosa”. Aún muy joven se unió a una muchacha de condición modestísima, con la que vivió doce años y tuvo un hijo. A los dieciocho años leyó el Hortensio, de Cicerón, que le reveló su vocación filosófica y le convenció que la verdadera felicidad consiste solamente en buscar la sabiduría. Intentándolo se adhirió al maniqueísmo, secta herética de origen cristiano, que por algunos años siguió, pero que nunca logró satisfacer sus inquietudes intelectuales y menos darle la tranquilidad espiritual. «Le faltaba la paz y fue precisamente esta inquietud, aparte de su gusto por lo retórico y lo erudito la que le llevó a escuchar las predicaciones de San Ambrosio, obispo de Milán, abandonando de inmediato el maniqueísmo y, algo después, el 11 de abril del año 387, recibió el bautismo. A partir de su conversión, en la que mucho intervinieron las oraciones y ruegos de su cristiana madre, se consagró totalmente al servicio de Dios, mediante la predicación, el apostolado, la defensa de la iglesia, y la asombrosa producción de una inmensa cantidad de obras teológicas, filosóficas y morales.
Predicó durante cuarenta años ininterrumpidamente y es imposible calcular, ni aun de un modo aproximado, el número de sus sermones. Los muchos centenares que se han conservado figuran entre los más hermosos y profundos que posee la Iglesia.
En 401 escribe «Las confesiones», el gran libro en el que “Agustín ama a Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo», es considerada una obra maestra de la literatura universal.
Entretanto, habían los visigodos tomado Roma, el año 410, dedicándose a un salvaje saqueo. El revuelo y desorientación que provocó esto en los romanos fomentó las acusaciones contra los cristianos y contra su religión, a quienes se les imputaba la ruina que se abatía sobre Roma. En respuesta a estas acusaciones escribe «La ciudad de Dios» cuyo contenido rebasa el motivo ocasional y ha quedado como la mayor concepción de la historia humana desde el punto de vista cristiano.
«El azote de las invasiones bárbaras se abatió también sobre el África romana y cristiana: el año 429, los vándalos atrave3saron el estrecho de Gibraltar en un tiempo brevísimo, sólo quedaron en pie las Iglesias de Cartago, Cirta e Hipona. Agustín enfermó al tercer mes de asedio a esta ciudad. En ella se extinguió su vida el 14 de agosto de 430» (1).
Leamos pues estos breves textos de San Agustín los cuales ojalá despierten el deseo de conocer con mayor detenimiento y profundidad las obras de este genial sabio y santo; lumbrera de la Iglesia y cumbre de la cultura universal.
Dos amores fundaron dos ciudades
Texto de San Agustín de Hipona
Así que dos amores fundaron dos ciudades; es a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda en el Señor; porque la una busca el honor y gloria de los hombres, y la otra estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquélla estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza, y ésta dice a su Dios: «Vos sois mi gloria y el que ensalzáis mi cabeza»; aquélla la reina en sus príncipes o en las naciones a quienes sujetó la ambición de reinar en ésta unos a otros se sirven con caridad; los directores aconsejando, y los súbditos, obedeciendo; aquélla, en sus poderosos, ama su propio poder; ésta dice a su Dios: «A vos, Señor, tengo de amar, que sois mi virtud y fortaleza»; y por eso, en aquella, sus sabios, viviendo según el hombre, siguieron los bienes, o de su cuerpo, o de su alma, o los de ambos; y los que pudieron conocer a Dios «no le dieron la gloria como a Dios, ni le fueron agradecidos, sino que dieron en vanidad con sus imaginaciones y discursos, y quedó en tinieblas su necio corazón; porque teniéndose por sabios, quedaron tan ignorantes, que trocaron y transfirieron la gloria que se debía a Dios eterno e incorruptible por la semejanza de alguna imagen, no solo de hombre corruptible, sino también de aves, de bestias y de serpientes»; porque la adoración a tales imágenes y simulacros, o ellos fueron los que la enseñaron a las gentes, o ellos mismos siguieron e imitaron a otros, «y adoraron y sirvieron antes a la criatura que al Creador, que es bendito por los siglos de los siglos. Pero en esta ciudad no hay otra sabiduría humana sino la verdadera piedad y religión con que rectamente se adora al verdadero Dios, esperando por medio de la verdadera compañía de los santos no sólo de los hombres, sino también de los ángeles, «que sea Dios en todos». (2)
Cuando amo a Dios...
Yo Señor, sé con certeza que os amo y no tengo duda de ello. Heristeis mi corazón con vuestra palabra, luego al punto os amé, y no cesan de decírselo a todos los hombres; de modo que no pueden poner excusa si lo omiten.
Pero ¿qué es lo que amo cuando os amo?
No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura del maná o la miel, ni finalmente, deleite alguno que pertenezcan al tacto o a otros sentidos del cuerpo. Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios que es la luz, melodía, fragancia, alimento y deleite del alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire; se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios(3).
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NOTAS:
(1) Datos tomados del Diccionario de Autores Libertarios. Bonpiani.
(2) La ciudad de Dios. capítulo XXVIII. Porrúa, Sepan Cuantos.
(3) Las confesiones, L.B. IX, capítulo XII. Editora Nacional.