DÍA 30 DE JUNIO
SAN PABLO, APÓSTOL
(Siglo I)
Una
de las figuras más colosales que presenta el cristianismo es la del apóstol San
Pablo, el más ilustre, el celoso propagador de la doctrina cristiana, que ha
sido llamado por eso el Apóstol por excelencia, aunque no fuese del
número de los doce compañeros de Jesucristo. En el orden cronológico marcha como
escritor después de los tres primeros evangelistas, pero sus escritos, sus
predicaciones y los triunfos de su palabra, le elevan sobre todos ellos. El
espíritu de secta y la falta de reflexión han introducido alguna incertidumbre
sobre su nacimiento. Los ebionitas, que desconocían su apostolado, le hacían
nacer de un padre y de una madre idólatras o gentiles: y San Gerónimo, en sus
hombres célebres, pretende que este apóstol había venido al mundo en la aldea de
Giscale, en Galilea. Bastaba para saber la verdad recorrer los Actos de los
apóstoles, obra de San Lucas, que era uno de sus discípulos y de sus más
fieles compañeros. En el capitulo 22 de estos Actos, San Lucas le hace
decir en propios términos: soy judío, nacido en Tarso, en Cilicia. Nació en
efecto en esta ciudad hacia el fin de la antigua era o principios de la moderna,
siendo muy difícil fijar la época cierta. Saulo era su primer nombre: su padre
era un judío de la secta de los fariseos, y su primer oficio fue el de fabricar
lona para las velas de los marinos. Instruido, sin embargo, en la literatura
griega, fue enviado a Jerusalén por su padre para estudiar allí a Moisés con el
doctor y sacrificador Gamaliel. Una imaginación vehemente, ardiente dirigida por
aquella educación enteramente judaica, le hizo el mas encarnizado enemigo de
una religión que atacaba a la antigua ley. Educado por los fariseos era muy
obstinado en las opiniones de aquella secta. Muy joven aún, se le ve guardar los
vestidos de los asesinos que apedreaban al diácono San Esteban, aquel primer
mártir de la fe de Jesucristo. Abdias, primer obispo de Babilonia, le acusa
además de haber hecho sufrir la misma suerte a Santiago el Menor en una sedición
que su fogosidad había excitado. Los escritos de aquella época, las confesiones
mismas de San Pablo no dejan duda alguna sobre su barbarie con respecto a los
cristianos. Llego hasta solicitar de los jefes de la sinagoga la misión de ir a
Damasco para prender a los principales fieles y traerlos a los verdugos de
Jerusalén. Pero en las puertas mismas de Damasco, un súbito resplandor ilumina
su espíritu, y en lugar de la amenaza, la persecución y la violencia, abjuró la
ley de Moisés a los pies de un cristiano llamado Ananías, que le administro el
bautismo. Los ebionitas, sus calumniadores, atribuyeron esta conversión súbita a
una causa mundana. Saulo, decían, no se había hecho judío sino para casarse con
la hija de Gamaliel, y sólo se hizo cristiano por despecho de haberle negado el
padre a su hija.
Nosotros, en el día 25 de enero, hemos hablado de la conversión de San Pablo cuando caminando a Damasco un resplandor celeste le derribo en tierra, y oyó una voz que le gritaba: “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? ¿Quién sois? Respondió el futuro neófito. –Soy Jesucristo, levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que has de hacer.” La misma voz fue a despertar a Ananías, le condujo al encuentro de Saulo, y el agua del bautismo hizo caer las escamas que cubrían sus ojos y que le habían privado de la vista. Así, Saulo es derribado de su caballo perseguidor de los cristianos, y se levanta apóstol. El mismo San Pablo, en su epístola a los gálatas, dice que Dios le había predestinado desde el vientre de su madre, y que aquel Dios le hizo la gracia de revelarle a su Hijo, a fin de que lo predicase a todas las naciones. Saulo no fue ya aquel judío fanático y sanguinario, sino un apóstol cristiano que se expone a las persecuciones para propagar la fe. Recorrió la Arabia para convertir los idólatras, y volvió a Damasco, introduciéndose a las sinagogas para confundir a los sacerdotes judíos con los rayos de su elocuencia. Arrojáronle los judíos. El gobernador de la provincia, excitado por la cólera de los sacerdotes de la ley antigua, cerco con soldados las avenidas de la ciudad para apoderarse de él y entregarlo al pueblo. Pero los discípulos del apóstol le bajaron por las murallas, atado en un cesto, y lejos de huir al desierto fue a Jerusalén, a donde se dirigió a buscar nuevos peligros. Había abandonado aquella ciudad hacia tres años, y la verdad de su conversión no se hallaba aun bien confirmada. El pueblo de sus fieles solo recordaba sus violencias; los apóstoles mismos temían en él el instrumento de la persecución que habían sufrido. San Bernabé los tranquilizó y el presentó a San Pedro y a Santiago. Obligado a huir para escapar segunda vez de las venganzas de los judíos se refugió en Cesarea, en Tarso, su patria, donde San Bernabé vino a buscarle y conducirle a Etiopía. Allí fue donde los discípulos de Cristo, cuyo número se acrecentaba extraordinariamente todos los días por las predicaciones de Saulo, recibieron por primera vez el nombre de cristianos. San Pedro, a quien no había vuelto a ver desde la segunda vez que estuvo en Jerusalén, vino a reunirse con él a Antioquía, y Saulo se mostró allí mas cristiano que el príncipe de los apóstoles reprendiéndole de que comiese con los idólatras. Seleucia y la isla de Chipre fueron bien pronto el teatro de sus predicaciones y el de Bernabé. En Chipre convirtió al procónsul Sergio Paulo, después de haber cegado por un milagro al mago Barjesú. Tal vez a causa de ésta conversión, San Lucas comienza a darle el nombre de Pablo. Menos éxito consiguieron sus predicaciones en la Pisidia, cuya capital se llamaba Antioquía. Arrojado con grandes gritos por el populacho, sacudió al Sali de la ciudad el polvo de sus pies, y se retiró a Icona, donde la aguardaba el mismo trato; pero la conversión de Santa Tecla, que fue la primera de las mártires, le indemnizó de aquella nueva persecución. La ciudad de Listria en Licaonia, le fue menos inhospitalaria. La milagrosa cura de un paralítico le hizo adorar por aquél pueblo idolatra, que le decretó el nombre de Mercurio, llamando a Bernabé Júpiter, aprestándose los sacerdotes gentiles a ofrecerles un sacrificio. Los dos apóstoles se indignaron de aquella profanación; pero mientras trataban de hacerles conocer al verdadero Dios, los judíos de Pisidia sublevaron al pueblo qua había venido a adorar a San Pablo, y le arrojaron piedra hasta dejarle por muerto en la plaza. A la mañana siguiente partió parar Derva, volviendo a pasar por Pisidia, después de haber predicado la fe en las ciudades de Perga y de Atalia, volviendo el año 48 a Antioquía, donde la seguridad en que se hallaban los cristianos había producido ya escisiones y cismas. Habíase levantado allí una secta que quería reunir la circuncisión al bautismo, haciendo de ellos una condición de salvación. Pablo y Bernabé se pronunciaron contra ella, y volvieron a Jerusalén para someter la cuestión el consejo y decisión de los apóstoles. Allí fue aprobada su doctrina. Trasladáronse a Siria, y pusieron un término a aquel naciente cisma.
Pero la discordia estalló entre los dos apóstoles con motivo de un cierto Juan, llamado Marcos, que los había abandonado en Pamphilia, a quien San Bernabé quería volver a tener a su lado. Pablo s separo de su compañero, recorrió con otros la ciudades ce Siria, de Cilicia y de Licaonia, donde su discípulo Timoteo vino a reunirse con él y visitó los frigios y los gálatas el espíritu de Dios le impidió dirigirse a las comarcas del Asia. Tuvo una visión que la llamaba a Macedonia, y paso a la ciudad de Filipo, comenzando por arrojar el demonio del cuerpo de una doncella. Tratado e mago por el pueblo, acusado por los magistrados, conducido a la cárcel con su compañero Silas, se salvó por un temblor de tierra que rompió las puertas de todos los calabozos. El carcelero y su familia se convirtieron a su voz, pero no quiso escaparse a favor de aquel milagro, y alegó el titulo de ciudadano romano que tenían todos los hijos de Tarso, para obligar a los magistrados a que ellos mismos viniesen a darle libertad. Se aprovechó de ella para ir a visitar a Anfípoli, Apolonia y Tesalónica, donde sus predicaciones excitaron un tumulto en que estuvo a punto de perder la vida.
El pueblo de Berea no le trato con más cordialidad, y su elocuencia no obtuvo triunfos sino con los atenienses. Citado ante el Areópago por los discípulos de Epicuro, les anunció que el Dios desconocido, al que habían levantado un altar, había bajado sobre la tierra, y que él era su apóstol. Escucháronle al principio con atención; pero cuando habló de la resurrección de los muertos a los senadores, se echaron a reír: tuvo, sin embargo, la gloria de convertir a muchos de ellos, entre los que se distinguía Dionisio el Areopagita. El gran número de prosélitos que hizo poco tiempo después en Corinto, le atrajo nuevas persecuciones; pero el procónsul Galieno, a cuyo tribunal fue citado, respondió a los acusadores que no gobernaba la Acaya para juzgar vanas disputas sobre sutilezas de la ley judaica. Llegado a Efeso, después de haber visitado la Galacia y la Frigia, curo enfermos, arrojo demonios con el poder de su palabra o por el contacto de sus vestiduras.
Estos triunfos fueron turbados por un platero llamado Demetrio, que viendo disminuir todos los días la venta de sus estatuas de Diana, amotinó al pueblo contra el apóstol que arruinaba su comercio y el culto de la diosa. Muchos disturbios políticos no tienen hoy más honrosos fundamentos.
Pablo abandonó la Macedonia, y durante su permanencia en Troade resucitó a un joven llamado Eutico, y que se había muerto al caer de la ventana de un tercer piso. Un buque le volvió a trasportar al Asia, y a pesar de los presentimientos que le asaltaban, a pesar de las advertencias del Espíritu Santo y los lamentos de sus discípulos, tomó el camino de Jerusalén, donde parecía aguardarle el suplicio. Un profeta llamado Agabo, vino hasta a predecírselo a Cesarea, en la casa del diácono Filipo, cuyas cuatro hijas profetizaban también. San Pablo le respondió que estaba dispuesto a sufrir la muerte por el Señor.
Entro en al ciudad Santa en el año 58, después de haber conferenciado con los sacerdotes de Cristo, y fue a predicar a los judíos hasta en su mismo templo. Irritados le arrojaron del santuario, y hubiera perecido bajo los golpes de aquellos malvados, si el tribuno Lisias no le hubiese arrancado de sus manos y prometido hacerles justicia. Cargado San Pablo de cadenas fue arrastrado al campo romano en medio de un desenfrenado populacho que no cesaba de pedir a gritos su muerte. En vano tuvo permiso de arengarle; su poderosa voz no fu escuchada. Redoblaban sus gritos; pedían que se le acusara de impostura y que se le azotara. El titulo de ciudadano romano le salvo de aquel tormento, y Lisias mismo tembló de haber osado encadenar a un hombre que se hallaba revestido de aquel título. ¡Tan poderosa era la influencia de Roma! ¡Tanto protegía en cualquier parte del mundo el título de ciudadano romano! A la mañana siguiente Ananías, gran sacerdote de los judíos, vino a insultarle a su vez. El furor del pueblo crecía y se propagaba cada vez más. Unos cuarenta hebreos juraron no comer ni beber hasta haberle dado muerte, y el tribunal no pudo salvarle sino remitiéndole a Cesarea para ser juzgado por Félix, gobernador de la Judea. La firmeza del apóstol no se desmintió un instante durante aquella larga sedición. Dios le había hablado de noche “Está firme, le había dicho la voz divina, porque es preciso dar testimonio de tu fe en Roma como en Jerusalén”.
Dos años duró su prisión. El nuevo gobernador, Porcio Festus, quiso volverle a enviar a Jerusalén. San Pablo apeló al Cesar, pero el rey Herodes y la reina Berenice, habiendo deseado oírle, se justificó tan bien, que estos dos soberanos y el gobernador le hubieran desde luego absuelto sino hubiesen temido invadir los derechos de Nerón.
San Pablo, partió, pues, para Italia, escoltado por Julio el Centurión. Un buque de Adrumete le llevó desde luego hasta el puerto de Listria, donde se trasbordó a un navío de Alejandría, que un horrible tempestad hizo pedazos sobre las rocas de Malta. Pero según la predicción que había hecho a los marineros aterrados, la tripulación y los pasajeros, en número de 275 personas, se salvaron y fueron recogidas por lo habitantes de aquella isla. Un tercer navío le trasportó a Siracusa, Regio, Puzzoles, desde donde fue a fin a Roma en el año 64. Libre ya continuó sus predicaciones, empleando doce años enteros en esta apostólica misión, pero sin abandonar las cadenas de que se hallaba cargado.
Aquí termina la relación de San Lucas. Necesitamos para continuar su vida recurrir a otros historiadores menos auténticos. La sana crítica a rechazado la pretendida correspondencia de San Pablo con el filosofo Seneca. Veamos, sin embargo, en el último párrafo de su epístola a los filipenses, que la fe cristiana había penetrado hasta en el palacio de Nerón. El resto de los viajes del apóstol están contados por Teodoreto y por San Juan Crisóstomo. Refieren estos que el año 64 volvió a pasar a Candía, Efeso y Macedonia, para afirmar el celo de los fieles. Trajeronle al año siguiente a Roma, donde le guardaba su última cautividad. Allí es donde los escritores posteriores han querido colocar su último encuentro con San Pedro. Dicen que el mágico Simón, habiendo querido subir a los aires para divertir a Nerón, cayo de lo alto, y atribuyendo su caída a las oraciones de los dos apóstoles, tuvo bastante crédito y favor con el emperador para hacerlos dar muerte. Otros, y con más razón, atribuyen el martirio de San Pablo al atrevimiento que tuvo de querer convertir a una de las concubinas imperiales. Su martirio se verifico el mismo día que el de San Pedro, siendo este crucificado como judío, y San Pablo degollado como ciudadano romano, en el sitio llamado Salvianas, el 29 de junio del año 66.
Existe en Roma, sobre el camino de Ostia y cerca del lugar en que fue enterrado el apóstol, una iglesia magnifica llamada San Pablo: es la segunda de la cristiandad, porque la primera es San Pedro del Vaticano. Pero el monumento mas precioso de su vida y de sus predicaciones no es esta iglesia, que es una de las maravillas del arte y que habiéndose quemado en el año de 1823 el 15 de julio, ha sido después reedificada con la mayor magnificencia, contribuyendo para su ornato no solamente los príncipes cristianos , sino hasta el mismo virrey de Egipto; el mas precioso monumento de su vida y de sus predicaciones se halla contenido en sus catorce epístolas, que respiran la moral mas pura de la religión cristiana. La mas importante de todas es la que escribió desde Corinto a los Romanos el año 58, que aunque posterior a otras su importancia la hace ocupar el primer lugar. En la misma ciudad, cinco años antes, había escrito su carta a los tesalonicenses para alabarles su perseverancia en la fe que les había predicado. No acabaríamos nunca si hubiéramos de hacer el análisis detenido de cada una de esas magnificas epístolas; en ellas brilla la claridad, la elevación y la fuerza. No enseña solamente las enseñanzas del dogma, la explicación de los misterios, los comentarios del Evangelio; el apóstol nos imbuye en ellas de las máximas de la moral universal, los deberes del hombre honrado y los del cristiano. San Crisóstomo nota sus defectos con respecto a la elegancia y a la elección de las palabras; pero lo eleva como modelo de elocuencia sublime, dando a San Pablo el poder de conmover a una asamblea y arrastrar a sus oyente, y sin hacer mérito del poder que ejerció con sus milagros, debemos reconocerle, por su palabra, el primero de los misioneros cristianos, el principal y mas poderoso instrumento de que se sirvió Dios para propagar la religión.