DIA 29

 

SAN PEDRO, APÓSTOL

(SIGLO I)

 

San Pedro, a quien se le ha dado el nombre de Príncipe de los apóstoles, se llamaba, en un principio Simón, y nació en una cabaña de pescadores en Betsaida, sobre los márgenes del lago de Genezareth, o mar de Galilea. Según los dos primeros evangelistas San Mateo y San Marcos, estaba allí con su hermano Andrés, cuando Jesús les dijo: Seguidme, os haré pescadores de hombres. Abandonaron sus redes, y le siguieron por toda la Galilea como sus dos primeros discípulos. La suegra de Simón y de Andrés se hallaba moribunda: Jesús entró en su cabaña, y le curó poniendo sus manos sobre ella. San Mateo da desde luego a Simón el nombre de Pedro. San Marcos le hace imponer este nombre por Jesucristo cuando estuvo completo el número de sus doce apóstoles. San Lucas, el tercero de los evangelistas, da también desde luego al primero de los apóstoles el nombre de Simón Pedro; pero cuenta de otra manera la entrevista con el Hijo del Hombre. Jesús, que había ya curado a la suegra de Simón, había entrado dice, en la barca de aquel pescador para libertarse de la multitud que le seguía y que se agolpaba hacia él. Le mando que echase las redes en el lago, y Simón, que nada había cogido en todo el día, hizo una pesca tan abundante que tuvo que llamar a sus vecinos para que le ayudasen a sacar su red. Entonces reconoció al Señor, y le siguió para pescar hombres. San Juan, el cuarto y ultimo de los evangelistas, refiere esta pesca misteriosa después de la resurrección de Jesucristo, y en su primera aparición a los ojos de los apóstoles. Empero es preciso no olvidar que San Juan no ha escrito su Evangelio sino sesenta y tres años después de la Pasión, el año 96 de la era cristiana. Hallábase, sin embargo, en el número de los doce apóstoles, y su relación merece mucho más crédito que la de los dos anteriores. Cuenta de otra manera la vocación de San Pedro. San Andrés su hermano, es el que lo lleva y lo presenta al Mesías, y Jesús le dice: “Tú eres Simón, hijo de Jesús, y te llamarás Cefas, es decir, Pedro”. Esto era, ha dicho un comentador, para distinguirlo de Simón el Cananeo y el onceno de los apóstoles. San Mateo no dice más de  Pedro hasta el día en que Jesús le mando que viniese hacia él caminando sobre las aguas. El apóstol, dice, tenía miedo de sumergirse, pero el Señor le alargó la mano diciéndole: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” San Lucas nos habla de este doble milagro: San Marcos y San Juan no lo atribuyen más que a Jesús y no hacen caminar a San Pedro sobre las aguas. Todos le tienen, sin embargo, por el más asiduo de los compañeros de su divino Maestro. Asistió a todas las curaciones milagrosas verificadas por Jesús. Fue el primero en reconocerlo por Cristo Hijo de Dios vivo. Entonces fue cuando Jesús le dijo: “Tu eres Pedro, y sobre ésta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella: te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo”. San Mateo es únicamente de los cuatro evangelistas el que refiere éstas palabras; pero el más antiguo de todos, y los sucesos debían estar presentes en su memoria, pues escribiría seis años después de la Pasión. Jesús anunció inmediatamente después su viaje a Jerusalén. Predijo sus tormentos, su muerte, su resurrección, y San Pedro, habiendo queriendo apartarle de su designio, Jesús le rechazó diciéndole: “Retírate, Satanás, me sirves de escándalo porque no tienes gusto si no en las cosas de la tierra”. Pedro no dejo por eso de seguirle, y pocos días después fue con Santiago y San Juan, testigo de la transfiguración de Jesús en la alta montaña que la tradición ha venido después designando con el nombre de monte Tabor. Pedro, a quién este milagro hubiera debido tranquilizar, porque confirmaba ante sus ojos la divinidad de la palabra del Maestro, hizo una nueva tentativa para detenerlo. “Quedémonos aquí, levantemos tres tiendas, una para vos, otra para Moisés, y la tercera para Elías”.

Pedro es el que pago el tributo exigido a Jesús en Cafarnaun, y lo pagó en una moneda de cuatro dracmas, hallada milagrosamente en la boca de un pescado que el Mesías le había mandado pescar. Poco tiempo después, habiendo oído decir a su Maestro que sería difícil al rico entrar en el cielo. Pedro le preguntó cual sería su recompensa y la de los que todo habían abandonado por seguirle, y Jesús les prometió doce tronos, desde lo alto de los cuales juzgarían a las doce tribus de Israel.

Jesús hizo su entrada en Jerusalén, y celebrando la pascua con sus discípulos les predijo que uno de ellos le había de vender. Pedro se indignó, y quiso protestar de su fidelidad y adhesión hasta la muerte. Jesús le respondió: “Antes que el gallo cante me habrás negado tres veces”. Acompaño a su divino Maestro al jardín de las Olivas, y Jesús le había recomendado que orase como él, y le encontró dormido tres veces. Estando en el huerto, una multitud armada vino con lazas, palos y linternas a apoderarse de Jesús, dirigidos por el traidor Judas, habiendo allí un criado del gran sacerdote, llamado Malco, a quien habían cortado una oreja de un sablazo: los tres primeros evangelistas atribuyen esta acción a un desconocido; únicamente San Juan afirma que fue San Pedro el que dio aquél golpe. San Mateo y San Marcos cuentan al contrario, que los fieles discípulos huyeron todos y abandonaron a su Maestro en lugar de defenderle. Añaden únicamente que Pedro le siguió a lo lejos, y que se sentó al lado del fuego que acababan de encender los soldados en el patio del palacio del gran sacerdote. Preguntado por una criada y por dos hombres respondió tres veces que no conocía al Galileo. Entonces cantó el gallo; Jesús le echó una mirada de compasión, y le hizo verter abundantes y amargas lágrimas. San Marcos asegura que a la tercera vez San Pedro afirmo su negación con juramento. Según San Lucas, Pedro corrió al sepulcro para asegurarse que el cuerpo del Salvador no se hallaba allí, porque miraba como un sueño todo lo que las santas mujeres le habían referido.