Biografía de San Matías Apóstol
San Matías, quien fue elegido en lugar de Judas el traidor, fue de la tribu de Judá, y nació en Belén de familia ilustre, no menos distinguido por su caridad y por su riqueza que por el celo que profesaba a la religión de Moisés.
La inocencia de la vida con que pasó la juventud fue una bella disposición para que se aplicase a oír la doctrina de Cristo, luego que se comenzó a manifestar después de su Sagrado Bautismo. Tuvo la dicha de seguirle en compañía de los apóstoles desde el principio de su predicación hasta su gloriosa Ascensión a los cielos, y fue uno de los setenta y dos discípulos.
Judas, uno de los doce apóstoles que Jesucristo había escogido con particular amor para favorecidos y confidentes suyos, hizo traición a su maestro, y con torpísima ingratitud le vendió a sus enemigos. De apóstol pasó a ser apóstata; y añadiendo la desesperación a la perfidia, él mismo vengó su delito, y acabó su desdichada vida con muerte horrible y vergonzosa.
Estando ya para volverse a su Eterno Padre, Nuestro Señor Jesucristo, entre otras muchas instrucciones les mandó que, después de su Ascensión a los Cielos, ellos se retirasen juntos a Jerusalén, sin salir de allí hasta nueva orden y esperasen el cumplimiento de la promesa que el mismo Padre Eterno les había hecho por su boca de que les comunicaría el mayor don de todos los dones, enviándoles al Espíritu Santo. Así lo hicieron y fueron al cenáculo donde se reunían.
Aun
no habían recibido visiblemente al Espíritu Santo, pero Pedro, como Príncipe de
los Apóstoles, Vicario de Jesucristo y Cabeza visible de su Iglesia, obraba ya
inspirado del mismo Espíritu Divino; y como a quien le tocaba regir todas las
cosas y dar providencia en todo, se levantó en medio de los discípulos en numero
de casi ciento veinte, que ya tenían la costumbre de llamarse hermanos entre sí,
por la estrechísima y santísima unión de la caridad fraternal que los enlazaba,
y les habló de esta manera: Venerables varones y hermanos
míos: ya llegó el tiempo de cumplirse el oráculo que el Espíritu Santo pronunció
en la Escritura por boca del Rey Profeta, tocante a Judas, que vendió al maestro
suyo y nuestro, y no tuvo vergüenza de servir de guía de quienes le prendieron y
le quitaron la vida como un malhechor.
No ignoráis que después de los hurtos y los sacrilegios que cometió en la administración de su oficio, y su infame traición se ahorcó desesperado; cayendo en tierra boca abajo el infeliz cadáver reventó por medio arrojando las entrañas; que de esta manera entregó su alma al Demonio, abandonando el campo que se había comprado con el dinero que se dio por precio de su delito, maldito de Dios y de los hombres, pierda el obispado y deje su lugar a otro. Es menester no tardar en colocar en él un sucesor de conocido mérito, que sea capaz de esta dignidad tanto como Judas era indigno; porque el Señor quiere que esté completo el número de sus Apóstoles, y que haya en la Iglesia doce príncipes del pueblo, como ha habido hasta aquí, doce cabezas en las doce tribus de Israel.
Para ejecutar, pues, cuanto antes la voluntad del Señor, es necesario elegir a uno que dé testimonio cierto de la Resurrección de Jesús, desde que fue bautizado por Juan hasta el día en que nos dejó para subir al cielo, que hubiese oído sus instrucción y hubiese sigo testigo de sus milagros.
Se deliberó en la junta quién había de ser el elegido y los votos se dividieron en dos, en José el justo y en Matías; y al ver que ambos eran muy dignos volvieron a orar con más fervor.
Oyó el Señor sus oraciones, según la costumbre de los Judíos se echaron suertes entre los dos concurrentes, poniéndoles delante una caja o un vaso cubierto con su tapa donde estaban las cédulas y la mano invisible de Dios condujo la suerte de manera que cayó sobre Matías agregándolo a los otros apóstoles cumpliendo el número Doce. Llevado ya a la dignidad de apóstol, recibió con ellos la plenitud del Espíritu Santo el día de Pentecostés.
En el reparto del mundo para la evangelización, tocó a Matías el reino de Judea. El abrasado celo por las almas de sus mismos nacionales le llevó, sin embargo, a padecer la persecución y a exponerse a grandes peligros, hasta que finalmente el Pontífice Ananías lo condena a la lapidación. Su martirio y muerte ocurren un 24 de Febrero de un año desconocido. Su cuerpo se encuentra en Roma llevado por Santa Elena, y hasta hoy se venera en la Iglesia de Santa María la Mayor.